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El fenómeno de la movilización de indocumentados no es nuevo y en términos estadísticos no se ha incrementado en los últimos tiempos, entonces ¿qué pasó?
Francisco Tijerina
enero 5, 2018, 6:04 am

“Y de pronto el panorama cambió…” // Yomero

De manera imperceptible, casi sin darnos cuenta, la mayor parte de los cruceros importantes de la zona metropolitana de Monterrey cambiaron.

Ya casi no hay vendedores o limpiaparabrisas, ya casi no se ven “marías”, enfermos que piden ayuda o viejecitos, es extraño toparte con un ciego o débil visual o con una persona discapacitada, hoy nuestros semáforos están invadidos por una plaga de indocumentados centroamericanos que mendigan durante todo el día.

Todos tienen el mismo tipo, todos traen una mochila al hombro y en ocasiones una cobija, algunos te muestran un pasaporte o una tarjeta de identidad y todos al estar frente a ti juntan los dedos de una mano y se la llevan a los labios indicando que les des dinero para comer.

¿Qué sucedió que de pronto cambió el panorama?

El fenómeno de la movilización de indocumentados no es nuevo y en términos estadísticos no se ha incrementado en los últimos tiempos, entonces ¿qué pasó?

Ocurre que poco a poco han ido tomando confianza porque saben que nadie les requiere o impide el mendigar por las esquinas; saben que de pronto puede caer una patrulla de “cachuchones” (como les llaman a los policías) y que les pasearán por un rato hasta quitarles lo que traigan encima y los soltarán.

Lo interesante es saber ¿cómo se hicieron de los cruceros y desplazaron a los otros pedigüeños? De la única forma en que esto pudo ocurrir fue por la fuerza.

En varias ocasiones he llegado a sentirme amenazado cuando en parvada se te lanzan encima por ambos lados del vehículo; ya en alguna ocasión dudé en estamparme con el coche que estaba delante de mí cuando uno de ellos al acercarse llevó su mano al interior de la mochila y cuando pensé que aparecería una pistola me mostró su pasaporte.

Entiendo (tal vez mejor que muchos) el drama de los indocumentados en su cruce por el país, sé que son víctimas de la delincuencia organizada y que una vez que llegan a la frontera comienzan otro drama para conseguir dinero para los infames polleros, amén de jugarse la vida cruzando el río o el desierto, sin embargo la permisividad de las autoridades migratorias y el disimulo de las locales están generando un clima nada bueno para Monterrey, porque a la larga se quedarán aquí y sin posibilidades de empleo formal, se verán obligados a delinquir.

Ya es tiempo de que empiecen a resolver un problema que surgió así nada más, de repente.