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Y es que todo en torno al gobierno estatal está lleno de situaciones que, como péndulo, hacen que la administración un día se vea bien y otro bastante mal, dando como resultado un panorama de claroscuros que dificultan las evaluaciones.
Eduardo A. Campos
enero 15, 2016, 5:18 am

Campos en directo ok

No debe de sorprender que al intentar hacer una evaluación del arranque del sexenio "Bronco" de Jaime Rodríguez Calderón, ciudadanos y especialistas por igual estén teniendo un tiempo difícil para decidir si la balanza se inclina a favor o en contra de este experimento independiente de gubernatura en sus primeros 100 días.

Y es que todo en torno al gobierno estatal está lleno de situaciones que, como péndulo, hacen que la administración un día se vea bien y otro bastante mal, dando como resultado un panorama de claroscuros que dificultan las evaluaciones.

Se dejó la Casa de Gobierno, pero se desataron las ejecuciones; se empezó a quitar la tenencia por plazos, pero se inventó la chupaleta de la verificación; se descubrieron y cantaron despilfarros que huelen a transas, pero todavía no hay denuncias serias contra exfuncionario alguno; se tiene un experimentado equipo de especialistas en finanzas en Tesorería, Metrorrey y en la Coordinación Ejecutiva, pero todavía no se ahorra ni un peso significativo en nómina ni se ha adelgazado el aparato gubernamental.

Pero más que esos vaivenes, yo veo mucho más preocupante la tendencia del Bronco no sólo de no cumplir promesas de campaña, sino de estar haciendo exactamente lo opuesto que lo que dijo que iba a ser cuando era candidato.

Prometió transporte gratis y en sus primeros 100 días lo que hizo fue –antes al contrario– quitar el único día gratis del Metro.

Abrió a la población las puertas del Palacio de Gobierno y las páginas de Facebook, presumiendo que llegó para ser incluyente y para escuchar al pueblo, pero paradójicamente se ha mostrado bastante intolerante a la hora de que las expresiones que se dan en las redes y en los medios no lo favorecen o son de crítica para sus ideas y sus acciones.

Y ni qué decir del tema de Monterrey VI. Durante las campañas, ese proyecto acuífero se identificó como una de las maldades de Rodrigo Medina y se volvió un ejemplo de lo que los ciudadanos rechazaban del gobierno priista y que finalmente ocasionaron la derrota de los partidos tradicionales en las urnas.

Jaime Rodríguez, igual que todos los candidatos de oposición, prometió acabar con ese plan medinista, pero nomás llegó a la gubernatura bastó una encerrona con Enrique Peña Nieto en Los Pinos para que el Bronco saliera más mansito, al grado de que ahora está buscando "como sí" ejecutar el odiado Monterrey VI, pero cambiándole de nombre.

Total que en estos primeros 100 días, yo veo a un Bronco desdibujado que sigue existiendo como personaje de botas, sombrero y lenguaje coloquial, pero al que se le han caído el fuete, las espuelas, los blanquillos –como él les diría– o cualquier otra herramienta que antes lo hacía más radical y temible para el status quo.

El Jaime Rodríguez de la campaña prometió, entre aclamaciones de sus seguidores, cambios radicales y extremos que hoy nomás no se ven por ningún lado, como se aprecia en los ejemplos arriba mencionados. Tal vez prometió a lo loco –o más bien, "a lo bronco"– y ahora no puede cumplir, puede que sólo sea eso.

Por el bien de Nuevo León espero que así sea, pues lo peor que nos puede pasar es que los próximos seis años tengamos un Gobierno que no es del PRI y no es del PAN, pero que tampoco resulte el "Bronco Independiente" que estábamos esperando.

Esa sería la definición exacta de quedar a la deriva.

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