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Lo más revelador en esta cohorte de aficionados geniales, consiste en que ninguno de ellos buscó –al menos en sus inicios—la fortuna como finalidad existencial. Lo hicieron, eso sí, por un egoísmo evidente que se resume en una palabra clave: diversión.
Eloy Garza
enero 8, 2016, 6:16 am

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2016 será el año de los aficionados en redes sociales. Se reforzará la tendencia global de los neófitos que se divierten y reinventan el futuro de la web mediante el código y la cultura libres. En suma, cambiarán para bien los métodos de enseñanza-aprendizaje, la interrelación social, el periodismo en línea, el e-commerce y se abrirá paso al Open Data, el Big Data, el Internet de los Objetos y en general, la cultura actual que denominados “Do it Yourself”.

¿Qué era Steve Jobs sino un mero aficionado a las computadoras que desconocía casi todo del lenguaje de programación? ¿No fueron meros divertimentos las primeras páginas web? En palabras del propio inventor de la web, Tim O´Really: “las ideas creativas nacen de diversas fuentes, pero las tecnologías disruptivas las crean los hackers, los geeks y los aficionados”.

Estos innovadores aficionados a los que se refiere O´Really suelen adelantarse a las inversiones cuantiosas de los emprendedores: ponen un pie por delante en el terreno de las utopías. Lo explica bien Linus Torvalds, una de las mentes brillantes detrás de la revolución de Internet: “Lo hacemos solo por divertirnos”.

Torvalds reconoce que de joven era un nerd, un geek, cuando estas denominaciones no eran consideradas como valores “per se” de genialidad. Su metamorfosis de niño retraído a celebridad internacional, es descrita como el desarrollo de un simple hobby hogareño que pronto se convirtió en el fenómeno masivo de código abierto mejor conocido como sistema operativo LINUX, que tomó al mundo por sorpresa.

La manera como el propio Torvalds narra su vida y su filosofía empresarial desde un enfoque de mero aficionado, la he leído como hazaña moderna en la muy entretenida biografía que Walter Issacson publicó sobre Steve Jobs y su obsesivo afán de elevar a la altura del arte, la convicción de que la vida trata simplemente de pasar un buen rato.

Lo más revelador en esta cohorte de aficionados geniales, consiste en que ninguno de ellos buscó –al menos en sus inicios—la fortuna como finalidad existencial. Lo hicieron, eso sí, por un egoísmo evidente que se resume en una palabra clave: diversión.