La Carpeta:
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Hoy le recordamos con afecto, extrañando su eterna sonrisa y su hábil manera de resolver los conflictos. A un año de su muerte su figura se agiganta y debemos reconocer que el sindicalismo requiere de más figuras como él.
Francisco Tijerina
enero 20, 2016, 6:10 am

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“Muéstrame un obrero con grandes sueños y en él encontrarás un hombre que puede cambiar la historia. Muéstrame un hombre sin sueños, y en él hallarás a un simple obrero.” // James Cash Penny

A un año de la partida de Agustín Serna Servín su obra y legado aún no se son reconocidos, ya no por trabajadores, gobierno o empresarios, sino por muchos de los propios croquistas.

Recuerdo que a unas horas de su fallecimiento algunos desleales rondaban la CROC como buitres carroñeros; no les importaban los trabajadores y su defensa, sino el sindicato y los beneficios que de él podrían obtener. Así lo escribí y poco tiempo después la pugna por el manejo de la central obrera se desató.

Fue Agustín un hombre visionario, adelantado a su tiempo, que transformó el añejo sindicalismo de los paros, las amenazas y las extorsiones por una relación moderna, más fluida, sustentada en la comunicación y el diálogo, siendo férreo en la defensa de sus agremiados pero consciente de que era necesario sensibilizarse y comprender la problemática de los patrones para juntos buscar soluciones.

Apoyó como pocos, o casi nadie, la educación y el deporte y muchas personas que requerían de ayuda se acercaban a él sabiendo que encontrarían respuestas.

A pesar de los problemas y disputas su herencia ha encontrado eco en la CROC a través de sus hijos que buscan mantener intacta y engrandecer la obra. La labor no ha sido sencilla, porque además de luchar contra quienes pretendían apoderarse del sindicato, también tienen que lidiar con algunos desleales a la memoria del líder que fingen honrarlo y en la realidad hacen todo lo contrario, traicionando su mística, traicionado a la CROC y sus actuales dirigentes; de todo hay en la viña, dicen.

A pesar de ello queda el recuerdo de un hombre bueno, noble, atento, cordial, humilde, sencillo, cálido y siempre dispuesto a ayudar; un “pan de Dios” con los que le iban de frente, pero un verdadero demonio contra quienes pretendían abusar de los trabajadores o querían jugarle chueco, en pocas palabras un hombre hecho y derecho.

Hoy le recordamos con afecto, extrañando su eterna sonrisa y su hábil manera de resolver los conflictos. A un año de su muerte su figura se agiganta y debemos reconocer que el sindicalismo requiere de más figuras como él.