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Yo condeno con firmeza desde hace un mes el asesinato de los muchachos —normalistas o no— que fueron masacrados en Iguala...
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 27, 2014, 4:55 am

Felix Cortes Camarillo

Si avanzo, sígueme,

si me detengo, empújame,

si retrocedo, mátame,

si me matan, véngame.

Leído en un muro de la normal rural de Ayotzinapa

La frase del epígrafe se atribuye sucesivamente a Ernesto Guevara; las tropas guatemaltecas de siniestra élite, kaibiles; Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano, asesinado en México; Benito Mussolini, y Napoleón Bonaparte. El autor favorito es, desde luego, el Che, pero aparentemente el verdadero autor es Henri du Vergier, conde de la Rochejaquelein, un noble francés del siglo XVIII, católico y realista que combatió a la Revolución Francesa en la Guerra de la Vendée, cerca de Le Mans, donde casualmente se encontraron luego fosas clandestinas de combatientes contrarrevolucionarios que fueron cruel e ilegalmente masacrados.

Cualquiera que sea la historia, lo cierto es que la frase expone una disposición definitiva a morir en la lucha. Su presencia en los muros de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Guerrero, no debe parecernos casual. Por esas aulas pasaron Lucio Cabañas, Othón Salazar y Genaro Vázquez Rojas, entre otros. El origen humilde de su alumnado y la casta cardenista que todas las escuelas normales rurales tienen, implica que, más que preparar maestros de la regla y pizarrón, ahí se preparan luchadores sociales, proclives a la guerra.

No debiera ser necesario afirmarlo explícitamente. Yo condeno con firmeza desde hace un mes el asesinato de los muchachos —normalistas o no— que fueron masacrados en Iguala la noche del 26 de septiembre. Deseo que los otros 43 jóvenes desaparecidos sean devueltos vivos a sus familias; me temo que algunos de ellos ya fueron muertos, y exijo que su secuestro y muerte sean investigados, perseguidos, aclarados y castigados con mayor rigor que el que la ley exige. Dudo que exista un solo mexicano bien nacido que piense diferente. Pero no quisiera que esa convicción mía me ponga en la situación del anuncio comercial: “¿Vas al súper o a la Comer?”; resulta que la manera idónea de exigir justicia en nuestro país es violando la ley y el orden.

La experiencia cotidiana nos está demostrando palmariamente que para ser justiciero y estar en contra del crimen hay que romper puertas y ventanas, incendiar edificios públicos después de rasgar y destruir sus documentos y mobiliario, bloquear caminos y aeropuertos, y amenazar con intensificar la violencia. Si retrocedo, mátame.

El gobierno de Enrique Peña Nieto ha demostrado, desde su inicio, su vocación a la tolerancia, la conciliación, la transa, la cesión y el arreglo, por encima del enfrentamiento. Su gran manifiesto fue haber armado ese par de matrimonios por conveniencia que se dio en llamar Pacto por México. La más reciente manifestación fue la salida del secretario de Gobernación a la calle de Bucareli para dialogar, leer y recibir el pliego petitorio de los alumnos del Politécnico, para luego ceder a todas sus peticiones en una actitud que, naturalmente, no satisfizo a los quejosos. De la misma manera que nada de lo que haga el gobierno federal, comenzando con la salida del gobernador Aguirre Rivero, deja satisfecho a nadie.

La tolerancia magnánima hacia los descontentos y sus manifestaciones es bello gesto momentáneo y ocasional de buen gobierno. La constante aceptación de todos los desmanes cometidos en nombre de la justicia es todo lo contrario. Cuando un ciudadano es testigo de un crimen y no lo denuncia, puede ser acusado de encubrimiento. Cuando un ciudadano pudo evitarlo y no lo hizo, corre el peligro de ser procesado por complicidad. Si el que hace esto es la autoridad, nombrada para evitar que se cometan crímenes y castigar a los que en ellos incurran, se trata de un gobierno fallido.

Si me detengo, empújame.

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