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En el incidente del miércoles pasado, los dos protagonistas (Donald Trump y Jorge Ramos) lograron su objetivo, que se reduce a una amplia exposición mediática.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 28, 2015, 5:30 am

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El argumento infantil de Donald Trump para menospreciar a Jorge Ramos en su conferencia de prensa en Iowa el otro día es que el conductor del noticiario más importante de televisión en español en Estados Unidos estaba ahí más en calidad de activista de los derechos de los hispanos y menos en el papel de comunicador. ¿Y?

Nada más lejano al ejercicio pleno del periodismo que la esterilizada objetividad. Todos los que ejercemos este oficio acudimos a él cargando, como los caracoles, el caparazón de nuestra casa del pensamiento. Sin una estructura de principios, convicciones, filias y fobias no se puede ser el conducto para llevar la interpretación de una realidad a un público que la quiere, la necesita y la demanda.

En el incidente del miércoles pasado, los dos protagonistas lograron su objetivo, que se reduce a una amplia exposición mediática. Jorge Ramos, que tiene unos años ya en busca de un protagonismo político en el mundo hispano y ha tenido logros importantes como la portada de la revista Time, por ejemplo, consiguió que los reflectores de la opinión pública —la mexicana, desde luego— se volcaran sobre su persona. Eso será reconfortante para su ego; lo importante, sin embargo, es que volvió a colocar en la atención pública su legítima preocupación por denunciar las posturas retrógradas, xenófobas, racistas e imbéciles del más popular de los precandidatos a la Presidencia de Estados Unidos. Poner ese perfil nuevamente en la mesa de discusiones.

Lo hizo en su estilo protagónico y espectacular, sin respetar los protocolos que bien conoce sobre cómo se manejan las entrevistas de prensa en Estados Unidos. En la Casa Blanca, durante decenios, la primera pregunta la hacía la corresponsal de la UPI, sin importar que alguien tuviese preguntas más inteligentes o más incisivas. Y todas las preguntas subsecuentes se hacen en un orden preestablecido y respetado por todos. Eso lo sabe Jorge, que no se haga pato. Pero consiguió sus candilejas, que tardarán un par de días en desvanecerse.

Donald Trump consiguió lo suyo: descollar como el representante más legítimo de la intolerancia agresiva y burda de los WASP (blanco, anglosajón y protestante, por las iniciales en inglés) y personificación del más intenso de todos los oximorones americanos: un enemigo de los inmigrantes en un país construido, desde sus cimientos, por las más diversas inmigraciones. De la misma manera que Ramos, lo que busca permanentemente Trump, descendiente él mismo de inmigrantes, es una caja de resonancia mediática. Sus candilejas, que van a durar más tiempo que las de Ramos.

De esta suerte, las dos posturas opuestas en torno al tema de la inmigración mexicana en Estados Unidos han obtenido una resonancia fenomenal que solamente pudo ser eclipsada por el brutal y dramático asesinato de una reportera de televisión y su camarógrafo en Virginia, transmitido en vivo por televisión. Sólo los balazos de Jack Ruby a Lee Harvey Oswald habían sido transmitidos así, hace ya casi 50 años.

Jorge Ramos no tiene que convencer a nadie de que la postura y argumentos de Donald Trump no deben ser solamente rechazados y combatidos sino tomados muy en serio. Simplemente porque hay decenas de millones de norteamericanos que piensan igual y actuarían de manera más soez y agresiva en contra de los mexicanos que el fanfarrón especulador en bienes raíces. Si le creemos a las encuestas, que son la documentación estadística de las mentiras, pero que dejan ver una tendencia en actitudes y opiniones, 40% de los estadunidenses coincide con Donald Trump. En un descuido se convierte en el candidato del Partido Republicano a la Presidencia de Estados Unidos.

Si eso sucede, no es imposible que sea el próximo Presidente de nuestro poderoso vecino; ya sabemos qué podemos esperar de ese hecho.

PILÓN.- Los esperados cambios del gabinete de Peña Nieto anunciados ayer fueron el parto de los montes. Un gatopardezco que todo quede igual para que nada cambie, disfrazado de un cambio generacional, que no lo es. El gabinete sigue siendo un club de amigos, una pandilla cómplice y complaciente, distinguida por su ineficacia. La única novedad es añadir a la lista de presidenciables a un gobernador y a dos mujeres. Que, sin ser presidenciables, ya estaban ahí.

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