La Carpeta:
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¿De qué se trata? ¡Desembucha! Gabo nos tanteó y sonrió. Levantó teatralmente uno de los bordes del mantel donde estábamos sentados y entonces lo entendimos todo…
Eloy Garza
octubre 9, 2017, 4:07 am

“Yo tengo una reliquia del cadáver embalsamado de Maximiliano, del Convento de los Capuchinos en 1867. Fue una mal trabajo del médico Vicente Licea, porque se lo llevaron vestido de chaqueta con botonadura de metal y polainas en un carromato de Querétaro al hospital de San Andrés en la Ciudad de México y en el camino de tres días se cayó dos veces, en la segunda se revolcó en un riachuelo y se pudrió”. ¿Aquí, en dónde? Le preguntamos a Gabo, que nos miraba pícaro, entre carcajadas. ¿De qué hablas? Explícate. No te entendemos nada.

Los invitados a la casa de Gabo Ezeta, en Toluca, previmos el gusto necrofílico del anfitrión. Siendo además un aficionado del efímero Segundo Imperio de Maximiliano en México, abogado próspero y masón grado 33, como lo fue el austriaco, era de esperarse el típico relicario de sándalo con mechones de cabellos rubios del emperador, acaso una de las canicas que incrustaron en las cuencas vacías del embalsamado, robadas de una imagen en bulto de Santa Úrsula, o cuando menos una astilla de la Novara, el barco que regresó el cadáver real de Veracruz a Trieste.

Pero Gabo no delató la posible sorpresa ni al recibirnos en su zaguán, ni al saludarnos a la usanza masona, ni al pasarnos a una salita estilo vienés, rebosantes de canapés y licores. Menos aún cuando nos sentó en su comedor para celebrar la cena entre amigos. En la mesa para ocho comensales, cubierto por un mantel de tela marquisette, bordado en punto de cruz, nos presumió las fotografías en sepia de Concha Méndez (la intérprete de “La Paloma”, canción preferida de la Emperatriz Carlota) y de Ángela Peralta (la soprano mexicana más querida por el Archiduque), ambas poco agraciadas, feítas, con sus guantes de cabritilla y sus vestidos de organdí y falda con miriñaque.

¿Pero cuál era esa reliquia sobre el cadáver de Maximiliano, Emperador de México, que nos alardeaba nuestro anfitrión? Buscábamos por el carrito licorero, atiborrado de mosco, el licor toluqueño de capulín, por las alacenas y los bufeteros adornados con laca de Olinalá, de cochinilla (que se tritura para sacar un polvo carmesí), por los resquicios de la casa, humedecidos y con lamparones negros como tinaja de San Juan de Ulúa. Nada. ¿Eran sólo habladas de nuestro anfitrión? La charla se aderezó con un sancochado humeante y sabroso (Gabo era muy buen chef), chiles en nogada, huazontle rebozado y como postre dulce negro de zapote y mamey.

Devorábamos las viandas mientras el anfitrión nos narraba cómo se hizo de la reliquia mortuoria de Maximiliano. El embalsamador Vicente Licea hundió las manos sin guantes en las vísceras del cadáver y lo oyeron decir: “¡qué voluptuosidad, mojarme con la sangre de un monarca!”. Luego vendió a las damas de sociedad queretana pañuelos untados con la sangre real y a fetichistas europeos pedazos del cuerpo al menudeo y hasta el lienzo con que lo envolvieron en el Cerro de las Campanas. Daba tristeza ver los restos.

Resignados a no conocer la reliquia mortuoria de Maximiliano, nos despedíamos de nuestro anfitrión. Pero entre todos hicimos un último intento: ¿cuál reliquia? ¿De qué se trata? ¡Desembucha! Gabo nos tanteó y sonrió. Levantó teatralmente uno de los bordes del mantel donde estábamos sentados y entonces lo entendimos todo: la mesa del comedor era en realidad la mesa de autopsia, aún manchada de sangre, aún con los canalones de bronce por donde corrieron las tripas, los dentros del Emperador hacia las jícaras puestas en el suelo por el médico Licea. En esa mesa de autopsia comimos sancochado, chiles en nogada, huazontle, zapotes y mamey, sin presentir el peso de la historia ni saber qué ahí se hizo el primer embalsamamiento de un desventurado Emperador.

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