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La responsabilidad social de los empresarios, con el decurso de las décadas, ha pasado de una responsabilidad política, económica e ideológica a una simple irresponsabilidad ideológica.
Jose Jaime Ruiz
enero 25, 2016, 7:34 am

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El árbol genealógico de las industrias y de los emprendedores de Nuevo León es inseparable de Monterrey. La ciudad no se entiende sin sus empresarios pero los empresarios, vaya paradoja, podrán entenderse en el futuro sin la ciudad. Históricamente, nuestras industrias tienen que ver con la cerveza, el acero, el vidrio, el cartón, los refrescos, pero también con el Tec, la vivienda (antes inclusive de la existencia del Infonavit), la salud y lo que antes se denominaba “tiendas de conveniencia”. La responsabilidad social de los empresarios, con el decurso de las décadas, ha pasado de una responsabilidad política, económica e ideológica a una simple irresponsabilidad ideológica.

Los empresarios que ayudaron a forjar esta ciudad siempre estuvieron preocupados por la estabilidad social, la salud pública y eso que a falta de otro concepto se denomina “calidad de vida”: los empresarios pensaron en los regiomontanos –inclusive con todo el paternalismo a cuestas– como ciudadanos. Los tiempos han cambiado, muchos de nuestros empresarios han olvidado a los ciudadanos y sólo piensan en “los consumidores”.

Los empresarios se recluyeron en sus burbujas, inclusive las burbujas globales, y olvidaron que esta ciudad les dio estatura nacional e internacional. Muchos empresarios se han olvidado ya del capitalismo industrial y ahora se pavonean en el capitalismo especulativo… y dejaron de invertir en arte y cultura, en educación y vivienda, en salud y financiamiento del ciudadano a través de los bancos. Hace décadas nuestros empresarios pensaban en la educación ciudadana y ahora se piensa en el entertainment, ¿para qué invertir en el Tec (como una metáfora del conocimiento) cuando se puede invertir en un nuevo estadio de futbol (literalmente: en el embrutecimiento).

¡Cómo ha cambiado la vida! Antes los infantes le apostaban a ser profesionistas, empresarios y hasta políticos, ahora ser narco es un ideal para muchas capas sociales. En efecto, relacionarse con el narco no da estatus, pero sí dinero, ya sea vendiéndole autos, lavándole el dinero u ofreciéndole seguridad vecinal. ¿Cuándo se jodió Monterrey? Hace muy poco. Y los empresarios han contribuido a este fenómeno no sólo por omisión. Y como el dinero es estatus…

Cuando los ciudadanos dejan de ser ciudadanos y se convierten en simples consumidores (y la cerveza aquí no es un producto: es el producto), la regulación política e ideológica de la ciudad se reduce a una regulación de mercado donde el alcohol, por ejemplo, compite horizontalmente con las drogas inteligentes. Los abuelos de nuestros empresarios (Eugenio Garza Sada) y de nuestros políticos (Raúl Rangel Frías) pensaron en una ciudad de conocimiento, de calidad de vida en la vivienda y en la salud… ahora se piensa en la industria del entretenimiento y en la enfermedad que produce, por ejemplo, el alcohol.

En Monterrey se ha implantado ya la tradición de la cultura nórdica del alcohol y no de la cultura mediterránea. En el primer caso se trata de consumir alcohol en cantidades industriales, hasta embrutecerse y “caerse de borracho” los fines de semana y, en la cultura mediterránea, se trata de consumir vino todos los días, sí, pero en cantidades moderadas. El problema es que esta cultura nórdica ya no es sólo de fin de semana porque ya se consume alcohol –por los jóvenes estudiantes que deberían de preocuparse por el estudio y no por la peda–, desde los “juevebes”. Monterrey se quiso como una ciudad de conocimiento, ahora resulta que es una ciudad de embrutecimiento.