La Carpeta:
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El corazón no anda ausente. Lo que nunca anduvo por nuestros escombros fue la vergüenza y la dignidad para que la solidaridad nacional sea algo más que discurso de un concierto de rock.
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 20, 2017, 4:56 am

Ayer se cumplió un mes del temblor conmemorativo del 19 de septiembre. Hoy, el 70% de los niños de Morelos no tienen escuela a donde acudir, alrededor del 30% de los capitalinos tampoco. Solamente en Hidalgo y Michoacán los alumnos ya tienen las escuelas parchadas a las que toda su breve vida han ido.

Recorro mi entrañable pueblo de Yautepec y me sorprende un lote baldío aquí y otro acullá, hace un mes eran viviendas y gracias a que el temblor se dio al mediodía, el número de víctimas fatales fue inexistente. No es lo mismo en Jojutla, nuestra vecina, o en Tlayacapan de los dulces barros. No quiero hablar de Oaxaca o Chiapas. En la Ciudad de México y en las otras plazas víctimas, los escombros siguen amontonados en las banquetas y ha surgido —tal vez solamente se reinventó— la figura de unos “responsables de obra” que deben dar constancia de la magnitud del daño en las construcciones a fin de que se derruyan, se reconstruyan o se vuelvan a habitar.

A un amigo mío le pidieron 90 mil pesos por ir a hacer la evaluación. Nuestra principal queja en los sismos de hace 32 años fue la ineficiente y lenta respuesta de las autoridades ante la catástrofe y la espontánea capacidad de autogestión para el apoyo y la solidaridad de la sociedad civil. En los temblores del 2017 hubo una diferencia. El gobierno federal se movilizó con presteza y espectacular presencia del gabinete casi en pleno. La reacción solidaria nacional y del exterior fue inmediata. Los donativos directos en efectivo andan rondando los tres mil millones de pesos.

El Fonden dice que ya entregó en ayuda directa a diversos estados casi siete mil millones. Poco, frente a los 50 mil millones que la reconstrucción de nuestro país va a costar, sin duda. Especialmente si nos va a tomar cinco años. Eso es, particularmente, doloroso si nos enteramos de que algunos campamentos para los damnificados de los temblores de 1985 siguen siendo casuchas improvisadas “temporales” de láminas y tablas. Hoy tenemos, dice la organización internacional Save the Children, 226 mil niños y niñas viviendo en la calle.

Uno no puede menos que poner en duda si no la honestidad, sí la eficiencia en el manejo de los fondos de apoyo a damnificados. Las quejas por la lentitud o las confusiones en la entrega de los fondos que se anunciaron pomposamente para la reconstrucción de la vivienda son abundantes. Se aparejan con la actitud de algunos pillines que se disfrazaron de damnificados y fueron por su cheque. Ellos sí los recibieron.

Se acabó el oropel de los primeros días, en los que el presidente Peña iba a abrazar viejitas y a dar despensas, mientras repartía por zonas a cada uno de sus secretarios de Estado en el territorio damnificado. Ya todos están de regreso en sus cómodos escritorios para, desde su oficina, vigilar cómo sigue la grilla para las elecciones del 2018.

El corazón no anda ausente. Lo que nunca anduvo por nuestros escombros fue la vergüenza y la dignidad para que la solidaridad nacional sea algo más que discurso de un concierto de rock.

PILÓN.- A raíz del convivio que el presidente Peña tuvo con varias decenas de periodistas y —sobre todo— de los miembros del gabinete convocados, corre la especie de que muy dentro de su corazoncito, Peña Nieto ya tiene el nombre del candidato que su dedo enviará a competir por el PRI para sucederlo y que se apellida Meade Kuribreña. Yo no estoy tan seguro de eso, esperemos a ver cómo sigue el maltratado TLC y veremos.

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