La Carpeta:
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Netflix ha blanqueado su historia hasta convertirla en la leyenda de un renegado audaz; de la persecución de un fugitivo a la entronización de un héroe popular.
Eloy Garza
enero 2, 2018, 6:40 pm

El Chapo es el personaje más socorrido de Netflix. Se recurre a su aura legendaria para montar varias series imaginarias y uno que otro documental. En el agujero negro de la incredibilidad gubernamental, el Chapo reedita esa forma de invisibilidad en el corazón mismo de la transparencia mediática que es el video en tiempo real; invisibilidad que evoca Edgar Allan Poe en su cuento “La carta robada”: la evidencia no se descubre porque está sobre la mesa, frente a las narices de todos, teóricamente en uno de los sitios más vigilados del país.

El Chapo quedará como un caso ejemplar de ese blanqueamiento de las apariencias al que se refiere Baudrillard en La transparencia del mal. Netflix ha blanqueado su historia hasta convertirla en la leyenda de un renegado audaz; de la persecución de un fugitivo a la entronización de un héroe popular.

Se trata de construir el mito del Chapo como aventurero para blanquear la corrupción del gobierno federal, incapaz de articular una narrativa mejor que la propuesta por el imaginario colectivo y su personaje del forajido que aparece y desaparece a su antojo, un Chucho el Roto de la era moderna, una figura que se imbuye en los estereotipos del western, con la “heroización” del individuo, del justiciero, la justicia privada y la ley del Talión.

Para salvar su honra hueca, su legitimidad agotada, el gobierno federal se resigna a la creación de un nuevo mito genial. Pero cuando se tolera que deje de existir la distinción entre lo verdadero y lo falso (sin la cual no hay conocimiento) y la distinción entre la realidad y la ficción (sin la cual no hay narrativa coherente), la sociedad está destinada a su irreversible descomposición, aunque crezca la audiencia de Netflix y mejore su presencia en la bolsa de valores.