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“Murió de un infarto, en 1943, mientras viajaba en un taxi”, susurró molesto Vlady.
Eloy Garza
octubre 15, 2017, 6:07 pm

Hace muchos años me hice amigo de un muchacho artista. Se llamaba Vlady y era un joven pintor que rozaba los cien años; fue, probablemente, uno de los mejores creadores plásticos de nuestro país. Sobre un caballete de madera de pino, en su taller de Cuernavaca, me mostró a regañadientes una serie de litografías eróticas recién salidas de su mano juvenil y centenaria. Posiciones sexuales surrealistas, mujeres de grupas espléndidas, amantes enlazados, coitos imposibles.

Vlady, anciano adolescente, sopesó el conjunto de sus litografías ante mis ojos y las arrojó a la mesa como si fueran enormes cartas de naipes: “son suyas” me dijo, “para que haga con ellas lo que le de su chingada gana”. Ahora cuelgan como fetiches eróticos en la sala de mi casa.

¿Por qué me las regaló Vlady? Por una razón sentimental: en cierta ocasión, durante una cena en Cuernavaca, hablamos de Octavio Paz. Entonces le conté una historia poco conocida del poeta. Sin un peso en la bolsa, recién muerto su padre alcohólico atropellado por un tren, el treintañero Paz deambulaba por la ciudad de México buscando empleo. Lo contrató como eventual su amigo, el exiliado comunista, Jean Malaquías, nacido en Varsovia y bien conectado en los Estudios Churubusco, para que corrigiera el guión de una película de Jorge Negrete, titulada El Rebelde.

Paz puso manos a la obra, quitó y pulió algunos diálogos y como remate, escribió una bonita canción romántica bajo el influjo (¿embrujo?) de Sor Juana: No te miro con los ojos, que Manuel Esperón musicalizó. Tanto le gustó al charro cantor Jorge Negrete que la estrenó en una escena de la película en la que arrulla con su voz de barítono a María Elena Marqués, recargada en el alféizar de una ventana.

Malaquías le había presentado a Paz a otros combatientes ex comunistas, exiliados en México, entre ellos, el más dotado para las letras, el anarquista Víctor Serge, gran poeta de una sola obra: Resistence y (1938), autor de novelas y notable ensayista, quien había fungido como Primer Secretario de la Tercera Internacional. Envidioso de su camarada, Stalin lo desterró a Siberia y luego a vagabundear como un paria por el mundo. Aquí los mexicanos lo recibimos igual que a Trotsky, con los brazos abiertos pero también con un par de atentados contra su vida, orquestados por Vicente Lombardo Toledano. No supe finalmente qué fue de Serge.

“Murió de un infarto, en 1943, mientras viajaba en un taxi”, susurró molesto Vlady. Le pregunté si estaba seguro y el pintor, a quien yo no ubicaba aún por una ignorancia rayana en petulancia, tardó en recuperar la paciencia. Su respuesta, nacida de un profundo desprecio hacia mí, me avergonzó de tal modo que quise reparar el daño volviéndome su amigo.

“Victor Serge era mi padre”.

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