La Carpeta:
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Ahora está tras las rejas, en España, con tiempo suficiente para reflexionar sobre las torceduras del destino, que sin ton ni son obliga a algunos a bailar con la más fea.
Eloy Garza
enero 19, 2016, 4:56 am

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Es hombre de la calle. Ahí se crió. Retaba a la suerte como quien saca a bailar a una de tantas, elegida al azar. Vivió en una colonia popular de Monterrey, de arrimado con una familia que no era la suya. Eso lo marcó de por vida. Y le quedó como una cicatriz que muestra en sus relaciones personales, las íntimas y las sociales.

Lo de chúntaro no es pose, ni truco electorero. Esos pasos de baile, a gachas, la palma de la mano adelante, los pies deslizándose por el asfalto o la tierra suelta, son muy suyos. Acaso el único gesto auténtico que ha mantenido en su vida. Pese a todo. O contra todos.

Escaló rápido por la montaña escarpada de la política, como chofer, asistente, confidente. Receloso en el fondo, ostentoso en la forma. Efectivo: ganaba las elecciones a como diera lugar. Por la buena o por la mala. Con trampas o más trampas. Pero alardeando cada resultado exitoso. Es un narcisista que sabe disfrazar su vanidad. Un ególatra que maquilla su soberbia.

Lo conocí en casa de Gilberto Guevara Niebla. Eran los primeros años de la presidencia de Vicente Fox. Gilberto celebraba un aniversario de su matrimonio. Estaba Porfirio Muñoz Ledo, Héctor Aguilar Camín, su mujer Angeles, y un hombre alto y retraído, como agobiado en su rincón, por tanta personalidad que lo rebasaba, lo amedrentaba, lo hacían sentir menos. La charla se condensó en la vieja novela de Aguilar Camín, “Morir en el Golfo”. El joven retraído dijo que lo había leído dos veces. Sería verdad, sería mentira. Pero algo le aprendió a la lectura.

Pocos años más tarde, el joven se volvió el cacique de la novela de Aguilar Camín. Un cacique simpático, que bailaba en cada campaña electoral con sus pasitos de “ chúntaro style” y usó el dinero público como si fuera suyo. Y se peleó a mentadas de madre con Felipe Calderón. Y usó el poder político como si fuera de su propiedad. Y confiscó las esperanzas de la gente de Coahuila. Y fue símbolo del estilo personal de gobernar como líder nacional del PRI.

Hasta que se le acabó la fiesta. Terminó mal su bailable popular. El tinglado se le vino abajo. Entonces sus propios partidarios le dieron la espalda. Le mataron un hijo. Lo excomulgaron de la gracia presidencial, la de Peña Nieto, una estrella enana que él ayudó a hacer brillar. Ahora está tras las rejas, en España, con tiempo suficiente para reflexionar sobre las torceduras del destino, que sin ton ni son obliga a algunos a bailar con la más fea.