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Nuestra cuenta personal de Roku o Netflix o AppleTv, contienen más películas, documentales, series y musicales de los que registra el playlist de nuestra pantalla. Pero Netflix solo te muestra las películas que con base en tu historial de búsqueda, te interesaría ver.
Eloy Garza
septiembre 27, 2016, 6:16 am

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Como los seres humanos no solemos ser inmortales (más que como héroes patrios o artistas populares), el concepto de inmortalidad tiene escasa reputación. Drácula es inmortal y por eso sufre las de Caín: chupa sangre para no vivir eternamente escuálido y se vuelve a su pesar en un sujeto depresivo y taciturno.

Ahora se ha puesto de moda la Big Data, un algoritmo predictivo que descubre tendencias sociales. Pero más interesante es el Small Data, que revela tendencias personales. Ya es posible predecir las reacciones que tendríamos ante ciertas circunstancias, así estemos muertos y bien sepultados. Esta información, incubada en un robot con nuestra misma fisonomía, estatura y complexión, sería el equivalente tecnológico a ser inmortales.

Cada vez que entramos a redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, vamos dejando señuelos de nuestros gustos, preferencias, aversiones y hábitos inconfesables. Nuestra cuenta personal de Roku o Netflix o AppleTv, contienen más películas, documentales, series y musicales de los que registra el playlist de nuestra pantalla. Pero Netflix solo te muestra las películas que con base en tu historial de búsqueda, te interesaría ver.

Lo mismo pasa con aplicaciones de música como Spotify: su repertorio de canciones y artistas es tan amplia que puede darle gusto personalizado lo mismo a un francés que a un sudafricano o un mexicano. Sin embargo, selecciona las opciones que a ti en lo personal más te gustaría escuchar. YouTube toma nota de tus hábitos, si tienes una cuenta en su plataforma, y te envía los videos que seguramente te interesaría reproducir.

Las conversaciones en WhatsApp y Messenger quedan en la nube digital. Igual pasa con Telegram, así digan que está encriptada. Nuestra salud se somete al escrutinio de AppleWatch, que registra los pasos que damos cada 24 horas, las metas de ejercicio diario que cumplimos o no, así como las calorías que solemos consumir y quemar. Los sensores que en un par de años se instalarán en los objetos que usamos cotidianamente darán pista de lo que hacemos en privado.

Pronto la atención médica será suministrada en línea, incluyendo nuestra salud psíquica: ya hay terapeutas en San Pedro como Fidel de la Garza, que optan por la consulta vía FaceTime, además de la presencial.

Si estos contenidos digitales se añadieran a una plataforma personalizada, bien podría un replicante diseñado en impresora 3D, con el algoritmo adecuado, reaccionar con nuestra propia identidad: gustos, hábitos, tendencias y opiniones personales, respondiendo a los estímulos externos correspondientes, aunque ya estemos muertos y seamos historia.

Sueño o pesadilla, no lo sé. Pero el Small Data está destinado a prolongar la conciencia de cada ser humano con acceso a las nuevas tecnologías, más allá de la vida biológica de cada quien. Nunca antes vislumbramos tan cerca la inmortalidad, al menos bajo tal variante.

Ahora bien, queda la otra alternativa, más cristiana y santa, de portarse bien e irse directo al cielo, si alcanzamos, claro está, a expiar nuestros pecados y pagar a plazos la nube donde gozaremos de una bien merecida eternidad. Yo por razones obvias mejor le apuesto a la opción digital.

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