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Wynn suele ganar las pujas, porque comienza con cifras mínimas y las dobla pacientemente, con frialdad de tahúr. Aunque le invadan las prisas. El potentado español también tiene prisa, pero no puede delatarse.
Eloy Garza
septiembre 28, 2016, 6:10 am

eloy-nuevo

Le ocurrió hace unos días a un potentado español, radicado en Polanco. La pieza se vendió a una organización más adinerada. Los pujadores de la subasta sienten algo parecido a Steve Wynn, dueño del mejor hotel de La Vegas. Un golpe al epigastrio: el cálculo de no ofrecer de más, aunque la pieza sea invaluable. El temor a perderla por una oferta que se queda corta. Es un estira y afloja: la puja.

Todo vía telefónica. En este caso, desde la ciudad de México. En cuanto a Wynn, a escondidas de su esposa, oculto en el baño de su suite, porque la pieza se subasta en otro continente. Y él negocia a deshoras: tres, cuatro de la mañana. No quiere despertar a su mujer; igual el pujador español, desde Polanco. Tres o cuatro de la mañana.

Los pujadores, es decir los que son diestros, como Wynn, como el potentado español, contratan asesores profesionales. Les pagan mil dólares la hora: apenas un aproximado. Pero son expertos; les orientan sobre las cifras que sueltan al teléfono en primera instancia. Que no los coman las ansias, que los impulsos del pujador no se conviertan en estrés. Y mantener el anonimato. Al margen de periódicos, de curiosos, de representantes de la Ley, que pueden estropear la compra.

En Sotheby´s, en Chirstie´s se han batido récord. En México, este tipo de subastas también llega a cantidades insospechadas, de campeonato. Palabras mayores, históricas. El precio astronómico ofrecido por Wynn lo suelta sin sopesarlo, sin medir la cara de asombro de quien está del otro lado de la línea. Igual el potentado español en Polanco. Ambos desconocen en realidad el buen estado de la pieza en subasta. Pero confían. Tienen una corazonada.

Wynn suele ganar las pujas, porque comienza con cifras mínimas y las dobla pacientemente, con frialdad de tahúr. Aunque le invadan las prisas. El potentado español también tiene prisa, pero no puede delatarse. Quienes negocian del otro lado de la línea no están menos urgidos, no menos nerviosos. Alcanzan niveles de alerta, de malestar, a veces de indescriptible angustia. El duelo intenso del vendedor y el comprador.

En un par de horas, Wynn suele ganar las pujas, y se queda con la pieza subastada: un Picasso, un Matisse, un Cézanne, un Dalí. En el caso del potentado español, ganó la puja, entregó el dinero, millones, pero perdió la subasta. La pieza fue sacrificada. El cuerpo descompuesto de su sobrina, María Villar Galaz, fue hallado en un canal de drenaje. La asfixiaron con una bolsa de plástico. Nada se sabe (¿se sabrá algún día?) del paradero de sus secuestradores.

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