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Estamos, como en el caso de los titiriteros del Estado Islámico, ante manifestaciones de barbarie, vesania, ferocidad, saña y bestialidad...
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 7, 2014, 3:55 am

Felix Cortes Camarillo

Tiempo de encrucijada pide respuestas claras, de una familia rota de una nación quebrada.

Rubén Blades, Encrucijada

Violencia es una palabra demasiado tenue para definir lo acaecido en Iguala en los días recientes. Las versiones sobre las filiaciones o militancias de los jóvenes asesinados van y vienen, y siguen siendo tan pueriles como las informaciones filtradas sobre el hecho de que uno de los voceros de los politécnicos ahí en Bucareli es un activista de Morena. Al final del día los planteamientos de los estudiantes del IPN resultan razonables, los patrocine o los defienda quien lo haga; después de todo, los muertos y desaparecidos de Iguala son muertos y desaparecidos. A manos, evidentemente, de criminales a sueldo de los narcotraficantes y los delincuentes organizados, o en la nómina de la otra delincuencia organizada, la policía municipal.

El clamor airado, enérgico, del presidente Peña Nieto debió haber ido más allá de calificar lo sucedido como un acto violento. Estamos, como en el caso de los titiriteros del Estado Islámico, ante manifestaciones de barbarie, vesania, ferocidad, saña, bestialidad. Todas las palabras les quedan chicas. Pero por encima de la consideración moral que hiere las sensibilidades, están los preceptos lógicos, que matan la inteligencia.

Los muchachos —no sabemos si mujeres también, pero es lo mismo— fueron detenidos por instrucciones del secretario de Seguridad Pública de Iguala, el encargado precisamente de que esos muchachos tuvieran un curso de vida pacífico y normal y llegaran con seguridad a sus casas, desempeñaran sus deberes de estudiantes con toda tranquilidad. Luego, dice el procurador de Justicia de Guerrero, alguien de quien solamente sabemos que le dicen El Chuky, dio la instrucción de llevarlos al monte de los sacrificios habituales, darles muerte y quemar sus cuerpos.

Por todo eso siento que el compromiso del presidente Peña Nieto anunciado en el patio central de Palacio Nacional de seguir una investigación puntual y “de manera institucional” de esta situación se queda corto. Como lo reconoció el Presidente, la población entera está,  con razón y como él, dolida e indignada. Los hechos, dijo Peña Nieto, son indignantes, dolorosos e inaceptables.

Las crisis, solemos decir los cursis, son momentos de oportunidad. La palabra viene de cruz, de cruce, de encrucijada. Los momentos de crisis los identificamos por lo general con simas de nuestros dolores y penurias. Son también momento en que hay que optar por un cambio de veredas, por un establecimiento más definido de los rumbos que nuestros actos deben tomar.

El gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, decía ayer que si la renuncia a su cargo solucionara este asunto, con gusto la sometería.

Ciertamente, la renuncia de Aguirre Rivero no iba a resolver esta salvaje secuela; probablemente los guerrerenses verían cierto alivio en otras áreas. Pero la cloaca destapada en Iguala, en Guerrero, necesita de otras medidas de saneamiento, desinfección, limpieza y compromiso.

Pero sobre todo justicia; de otra manera, no puede resurgir la esperanza. Y habremos desperdiciado los mexicanos, una vez más, una importante encrucijada.

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