La Carpeta:
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En Monterrey también carecemos de esa orografía humana que son los cafés: “El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.” Y menos cuando los cafés los confundimos con Starbucks, que es en realidad una Coffee Company.
Jose Jaime Ruiz
enero 4, 2016, 6:15 am

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El opúsculo “La idea de Europa” de George Steiner (Fondo de Cultura Económica, 2006) reproduce la conferencia que el pensador dictó en el Nexos Institute de Amsterdam. En el texto, Steiner reflexiona sobre cinco axiomas para definir Europa: “el café, el paisaje a escala humana y transitable, estas calles y plazas que llevan los nombres de los estadistas, científicos, artistas, escritores del pasado –en Dublín, hasta las estaciones de autobús nos encaminan a las casas de los poetas–, nuestra doble ascendencia en Atenas y Jerusalén y, por último, esa aprensión de un capítulo final, de ese famoso crepúsculo hegeliano, que ensombreció la idea y la sustancia de Europa incluso en sus horas de mediodía.”

El quinto axioma es tal vez el axioma más sombrío de Steiner porque ya no sólo tiene que ver con la vivencia europea, sino con su sobrevivencia. Europa, cansada de la Historia se inventó también esa anámnesis llamada posmodernidad en las botas de Lyotard y en la casaca Gianni Vattimo. Steiner, más crítico de la americanización de la historia (de la que ya escribía en el siglo XIX, mucho antes de Weber, el poeta Baudelaire) le cede a Europa un futuro sombrío como una impronta del siglo pasado: Auschwitz y el Gulag, tortura y genocidio en los Balcanes. Para Steiner: “Los odios étnicos, los nacionalismos chovinistas, las reivindicaciones regionalistas han sido la pesadilla de Europa.”

Steiner, frente al espacio sombrío de nuestra contemporaneidad, da lecciones: “Es vital que Europa reafirme ciertas convicciones y audacias del alma que la americanización del planeta –con todos sus beneficios y generosidades– ha oscurecido. (…) La dignidad del Homo Sapiens es exactamente eso: la realización de la sabiduría, la búsqueda del conocimiento desinteresado, la creación de la belleza. Ganar dinero e inundar nuestras vidas de unos bienes materiales cada vez más trivializados es una pasión profundamente vulgar, que nos deja vacíos.”

Como Octavio Paz (“La llama doble”, Seix Barral). Steiner asegura que “No es la censura política la que mata: es el despotismo del mercado de masas y las recompensas del estrellato comercializado. (…) Al caer el marxismo en una bárbara tiranía y en la nulidad económica, se perdió el gran sueño, como proclamó Trotski, el del hombre corriente tras los pasos de Aristóteles y Goethe. Libre de una ideología en bancarrota, es posible, es preciso tener de nuevo ese sueño.”

Monterrey, más ciudad cosmopolilla que cosmopolita, podría aprender algo de las reflexiones de Steiner porque en Monterrey se padece no el crecimiento dual entre Jerusalén y Atenas (la fe y la razón), sino la geografía antes de la geografía que conllevan las actitudes del serafín Mammón (la codicia). En Monterrey también carecemos de esa orografía humana que son los cafés: “El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.” Y menos cuando los cafés los confundimos con Starbucks, que es en realidad una Coffee Company.

La idea de Europa como la concibe Steiner no debería de ser una idea periférica para los regiomontanos, tan empapados de “americanización”. Frente al urbanicidio que ha significado prescindir de transporte público (con la consecuente creación de calles, avenidas y bulevares donde el ciudadano se desconecta de la ciudad, es decir, de los otros ciudadanos) y ante la reducción de áreas peatonales (peripatéticas, las llamaría Steiner), conviene concebir y reinventar de nuevo la cartografía citadina, eso que, al comentar el libro, Mario Vargas Llosa denomina el “paisaje caminable, la geografía hecha a la medida de los pies.”

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