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En San Miguel de Allende, la vida es lentitud empedrada, casas ocres, de piedra volcánica, adobe y una trenza de aromas y colores vivos. Entramos a la Casa del Diezmo, a pocos pasos de la iglesia de San Miguel Arcángel.
Eloy Garza
enero 11, 2016, 6:45 am

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En San Miguel de Allende, la vida es lentitud empedrada, casas ocres, de piedra volcánica, adobe y una trenza de aromas y colores vivos. Entramos a la Casa del Diezmo, a pocos pasos de la iglesia de San Miguel Arcángel. Por años, esta edificación, con jardín central punteado de hoja santa (que con su transparencia refulgente hiere las pupilas), fue un altar a Frida Kahlo. La adquirió un coleccionista norteamericano y ahí expuso por años parte de la obra de Kahlo.

Ahora la Casa del Diezmo es un restaurante de cocina yucateca, cuyo manto de alivio cae sobre cualquier aprensión, pero Frida sigue siendo materia de conversación de los comensales. Quizá no fue la pintora con mejor técnica en México (la supera con creces María Izquierdo). Tampoco tuvo la capacidad fabuladora de la artista naturalizada mexicana, Leonora Carrington. Pero Frida hizo una obra de arte de sí misma. Cuenta en su diario que tuvo dos accidentes en su vida: uno, el que le quebró en pedazos la columna vertebral; otro accidente fue Diego Rivera, su compañero sentimental. Ambos vivieron una insana codependencia, que la sabiduría popular mexicana define como el estado mental en la que se está “ni contigo ni sin ti”.

Frida obra el milagro de nacer esta tarde del tequila y del mezcal y de los papadzules de la Casa del Diezmo; festín de sabores, texturas, olores y consistencias que brotan de los panuchos, el poc chuc y la cochinita pibil. El mayor experto en Frida, que tengo frente a mí, me dice exultante que su cuerpo sufrió como ese ciervo que ella pintó orlándolo con su propio rostro, lacerado por las flechas del dolor físico y “el suplicio que es la vida con Diego”. Sin embargo, el feminismo, una de las formas de lo políticamente correcto, evita imaginar lo que Diego sentía a su vez con las infidelidades bisexuales de Frida, una mujer con evidentes carencias afectivas y angustias que le salían a flote con cada nueva intervención quirúrgica.

Es común decir que las telas de Frida están pintadas como exvotos y retablos católicos, donde corre la sangre, la enfermedad física y la resignación como forma de vida que salva y redime. Sin embargo, el ateísmo de Frida le imprime a sus telas simbolistas la certidumbre de sufrir de gratis, por nada: la carne flagelada, desmembrada, no redime, no salva; es un maltrato intrascendente, sin mística, si acaso es ofrenda que reivindica (falsamente) los principios comunistas, en ella, más temperamentales que racionales. Con todo, Frida es panteísta: cree que todo ser u objeto en el mundo tiene vida.

En San Miguel de Allende las cosas cobran vida. No es que las envuelva un aura sagrada, sino que están vivas porque los lugareños y visitantes les insuflan alma, una ánima para eternizarse como integrantes de un todo, como partes de un organismo superior que es el planeta tierra. Este tipo de panteísmo, digamos que secular, fue la principal cuota a la inmortalidad en la obra de Frida Kahlo y se deja sentir plenamente en San Miguel de Allende.