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La corrupción, ha dicho Peña Nieto, tiene raíces culturales. Sin embargo, no podemos atribuirnos la exclusividad en el vicio. Hay corrupción en Brasil o Argentina, lo mismo que en  Estados Unidos o España. No me consta, pero asumo que en la misma Finlandia pueden encontrarse casos.
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 11, 2017, 6:43 am

Algo deben haber enseñado los conquistadores españoles a los sojuzgados del altiplano sobre la corrupción, pero el emperador Moctezuma pensó que dándole a Cortés una mordida en piezas de oro, plumajes y telas iba a evitar que se apoderara de su imperio. En las aduanas pulqueras de la capital se recibió siempre un soborno para que se permitiera la introducción de un producto cuya calidad era dudosa. Las respuestas a los exámenes se han vendido tradicionalmente en las escuelas mexicanas. Los cañonazos de 50 mil pesos no fueron un invento retórico. La técnica de entrega subrepticia de unos billetes al agente de tránsito a cambio de evitar una infracción ha adquirido modalidades de virtuosismo.

La corrupción, ha dicho Peña Nieto, tiene raíces culturales. Sin embargo, no podemos atribuirnos la exclusividad en el vicio. Hay corrupción en Brasil o Argentina, lo mismo que en  Estados Unidos o España. No me consta, pero asumo que en la misma Finlandia pueden encontrarse casos.

Pero hay grados. Según la organización Transparencia Internacional, ente que tiene oficinas en cien países y sede en Miami —donde también hay corrupción—, México es el país líder en América Latina en materia de corrupción. Dice el estudio, que incluyó entrevistas a 22 mil personas en 20 países, que 51 de cada cien mexicanos han pagado un soborno para poder recibir un servicio. Eso es particular para los servicios escolares o de salud.

Nos siguen en la cadena del desprestigio la República Dominicana, Perú, Venezuela y Panamá. Extraña y discutiblemente, el estudio afirma que solamente el 11% de los brasileños cayó en las redes de la corrupción.

Igualmente es discutible la raíz cultural de la corrupción: somos corruptos porque así nacimos, porque corruptos fueron nuestros ancestros y haremos corruptos a nuestros hijos. Es probable que algo de eso exista, pero en el sustrato del fenómeno está una realidad que tiene que ver mucho con la mexicanidad y el nacionalismo, que son dos cosas distintas. Como son dos cosas distintas México y su gobierno.

Como es indiscutible que no existe un sólo México. Una línea invisible que pasa por el centro del país lo divide en un norte laborioso y justo, y un sur atrasado, ignorante y violento. Lo único que nos unifica es que somos un país injusto. De la injusticia social y económica, que nos lleva a que la mitad de los mexicanos es pobre. De esta realidad se desprende una serie de vicios sociales cuyo origen es económico: racismo, clasismo, machismo, atraso, pobre educación, drogadicción, desempleo, violencia, sexismo y delito.

En consecuencia, se da el rechazo y desprecio que los mexicanos tenemos hacia las instituciones, tal vez con la excepción de las Fuerzas Armadas. Ni siquiera la Iglesia ha podido evitar ese recelo.

No hay una solución posible a corto plazo. No la hay tampoco a largo. La corrupción persistirá y la única manera de frenarla o moderarla es la educación. Yo estoy seguro de que los hijos de mis hijos tendrán el suficiente trasfondo educativo que les impida caer en este vicio.

Aunque yo no lo vaya a ver.

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