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Esas preguntas de mero sentido común ayudan un poco a decidir si Kate del Castillo tiene derecho a sentirse víctima del Gobierno o de la Opinión Pública por su ahora ventilada relación con El Chapo, que sin duda tiene muchas más implicaciones que cualquier interés periodístico que se le quiso dar a raíz de la --mala-- entrevista que Sean Penn le hizo al personaje.
Eduardo A. Campos
enero 27, 2016, 5:06 am

Campos en directo ok

De entrada creo que todos entendemos y damos por un hecho que las actrices de moda a nivel mundial siempre han atraído a representantes del poder económico y el poder político de todos los calibres, interés que sólo se incrementa entre más guapas y exitosas sean.

Históricamente, también hemos visto como incontables estrellas del espectáculo corresponden a esa atracción con estadistas, desde Grace Kelly hasta Angélica Rivera y con magnates y empresarios exitosos, desde Salma Hayek hasta Thalía, todas las proporciones guardadas.

Lo que no puedo entender, por más que le doy vueltas, es qué pudo estar pensando Kate del Castillo al iniciar, corresponder y cultivar una amistad o relación del nivel que fuera con el narcotraficante Joaquín "El Chapo" Guzmán y por la que ahora ella se queja de que el Gobierno de México la quiere destrozar.

Y eso que ni siquiera me engancho en juzgar si las conversaciones de mensajes que se han filtrado son enteramente ciertas --aunque no las han negado en su conjunto-- ni me detengo a analizar si el trasfondo de los intercambios revela un interés económico, una atracción carnal o fatal o la ambición de un proyecto cinematográfico futuro.

Lo que pienso es que antes que todo eso, tuvo que haber un contacto inicial que no pudo comenzar con un whatsapp anónimo que recibiera Kate diciendo: "Hey, soy El Chapo. Quiero ser tu amigo. ¿Podemos textear?" Claro que no, para que ambos se pusieran en contacto seguramente intervinieron personas en las que Kate confiaba o que mostraron suficientes credenciales como para ser representantes del narco y así poder iniciar la relación de mensajes, sin descartar algún otro encuentro furtivo.

A la hora de ese primer encuentro, me pregunto yo, ¿qué argumento pudo tener Kate del Castillo en su cabeza para pensar que era buena idea ser "pen pal" del narcotraficante más buscado del mundo? En su mente, ¿cómo justificó Kate la decisión de iniciar una relación amistosa, o de cualquier otra índole, con quien es responsable del tráfico récord de drogas a Estados Unidos y de mucha de la narcoviolencia que envuelve a México y, en especial, a Sinaloa?

Esas preguntas de mero sentido común ayudan un poco a decidir si Kate del Castillo tiene derecho a sentirse víctima del Gobierno o de la Opinión Pública por su ahora ventilada relación con El Chapo, que sin duda tiene muchas más implicaciones que cualquier interés periodístico que se le quiso dar a raíz de la --mala-- entrevista que Sean Penn le hizo al personaje.

Estoy seguro que así como muchas actrices seguirán siendo asediadas por políticos y empresarios, habrá otras que recibirán la atención de los capos de la droga en turno, esos que dentro de su impunidad comprada se sienten como miembros activos y vigentes de la sociedad.

La lección aquí para todos es que cualquiera que sucumba a los "narcoencantos" del poder, la celebridad o el dinero deben estar conscientes de que corren el riesgo de que la sociedad o la autoridad les puedan llamar un día para enfrentar las consecuencias de sus actos.