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Un monopolio como Telcel opera ante sus clientes como una oficina burocrática. Sus empleados son tan tajantes y abusivos como cualquier burócrata estatal. Sus contratos son tan arbitrarios como los de una paraestatal.
Eloy Garza
septiembre 29, 2016, 7:35 am

eloy-nuevo

En México el problema no es que el gobierno se quiera administrar como las grandes empresas privadas, sino que las grandes empresas privadas se administran como si fueran gobierno.

Un monopolio como Telcel opera ante sus clientes como una oficina burocrática. Sus empleados son tan tajantes y abusivos como cualquier burócrata estatal. Sus contratos son tan arbitrarios como los de una paraestatal.

La causa es simple. Telcel no funciona con buenas opciones de oferta de mercado, porque no las ocupa: ni sus empleados y menos su dueño buscan la motivación del beneficio. Ganan contratos con o sin la satisfacción del cliente. Por eso añaden costos ocultos y leoninos a los estados de cuenta, absurdos y unilaterales.

Las quejas de los usuarios contra Telcel se han distorsionado tanto que usamos términos de denuncia propios de una mala gestión burocrática. En México se confunden paraestatales con empresas monopólicas. En la práctica operan bajo rasgos comunes. Ambas adoptan una misma organización burocrática.

Dado que Telcel obtiene utilidades de múltiples formas, legales o ilegales, pierde el incentivo de reducir sus costos, de trabajar con el mayor rendimiento posible y al más bajo precio. Al mismo tiempo no le importa mejorar su cadena de producción. Gana porque gana.

La opinión pública suele cargar sus tintas (y con razón) contra este tipo de empresas monopólicas. En realidad el culpable es el Estado que le otorgó la licencia, el permiso o la concesión para ese servicio. La innovación, las buenas prácticas, están en otro lado, no en Telcel ni en el gobierno. Para esta empresa monopólica como para toda paraestatal, el sometimiento a la costumbre y a la tradición es la primera de las virtudes. Para el usuario es el mismo viacrucis eterno.