La Carpeta:
1 de 10
 
Salí de la Casa de la Música seguro de que no siempre un don maravilloso, un talento excepcional, da por fuerza la felicidad. Ni siquiera algo que se le parezca un poco.
Eloy Garza
octubre 13, 2016, 5:31 am

eloy-nuevo

Alexander Abreu es uno de los mejores trompetistas del mundo. Ancho y negro, encorvado por tanto pentagrama que carga a sus espaldas desde que nació en Cienfuegos, en la bahía de Jagua. De sus labios brotan mariposas musicales que revolotean por el malecón de la Habana: en el crepúsculo cubano, un atardecer de décadas y período especial, rompen como olas sombrías en los edificios rococó y el acero derruido de las refinerías. A ciento cincuenta kilómetros de aquí, Florida, Key West, y más allá Miami y South Beach.

Alexander platica conmigo antes de su concierto en La Casa de la Música, en el exclusivo Miramar, lujo carcomido de los años cincuenta, donde arribé a duras penas en un almendrón destartalado. Griterío de admiradores y fanáticas que asaltan la arena, a golpes de mojitos, cerveza y ron. Me quiero llevar a Alexander a México, de gira lejos de sus playas y del sol caribeño. Y el musita que no, que a México no regresa. Le suelto con astucia las palabras hechiceras: “negro, préstame tu celular”. Fue el ruego del director de cine, Emir Kusturica, borracho hasta las cachas y perdido en los muladares del barrio chino. Alexander se lo prestó; luego siguió tocando sus melancolías con su trompeta de ensueño.

“Ya tú sabes, hermano, vamos a rumbear a México”. Me abrazó, me estrujó con sus brazos de oso caribeño. Le dije que aguardara: “toca tu concierto, hermano, pon a bailar a tanta jeva y terminando acordamos el contrato, el guaniquiqui”. No me dio su celular, pero si su número privado y sus promesas machaconas de que iría a las tierras áridas del norte donde nací. Tierra de fuego que devora futuros y donde la bala impone su ley de macho sordo.

Alexander Abreu salió al escenario con la mejor orquesta de Timba que haya subido a un stage: “Havana D’Primera”. Me sentí como niño, escuchando a las grandes bandas en vinilos, 33 revoluciones, girando en el tornamesa de papá. Presencié la grandeza de cada músico y la añoranza por anticipado de que el show terminara en una o dos horas, magra ración de eternidad.

Al final del concierto, el representante de Alexander, un negro pequeñito y lenguaraz, me llevó por un laberinto penumbroso. Los fanáticos bregando por entrar. Me sentí privilegiado. Escaleras y pasajes angostos hasta el camerino, un cuartucho mal ventilado con una imagen en bulto de la Virgen de la Caridad del Cobre. Encontré a Alexander Abreu derrumbado en un sofá. La boca roja enmudecida. Absorto en su paraíso artificial, o en la fragilidad de un cuerpo exhausto, quemado; la miseria anímica de cualquier persona ordinaria que se extralimita y cae vencido en un mueble.

Ya no me reconoció. Flotaba en su mar interno como perla y tiburón dormido. Empapado de sudor. Eclipsado. Sentí en el aire la calma después de la tempestad que desata cualquier gran arte. Me senté al lado suyo y le pasé mi brazo por el hombro: “no es fácil, hermano, ya sé que no es fácil”. Sus ojos sanguíneos me miraron sin comprender. Después, en silencio, derramó un par de lágrimas sucias. Salí de la Casa de la Música seguro de que no siempre un don maravilloso, un talento excepcional, da por fuerza la felicidad. Ni siquiera algo que se le parezca un poco.

LOS TUBOS es una divisón de Buró Blanco S.A. de C.V. Copyright © Monterrey, Nuevo León, México. Páginas web