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El 2016 apenas lleva ocho días y ya muestra una horrenda cara; rasgos de crisis económica y muecas de guerra.
Raul Rodriguez Cortes
enero 8, 2016, 7:17 am

El 2016 apenas lleva ocho días y ya muestra una horrenda cara; rasgos de crisis económica y muecas de guerra.

La de ayer una jornada de tensiones en el mundo:

La economía china registró otro fuerte asentamiento mientras que su poderío bélico negociaba con occidente poner un hasta aquí a la amenaza nuclear de Corea del Norte y el Medio Oriente atizaba el fuego de su reseca pradera con el choque de Arabia Saudita e Irán, potencias petroleras cuya confrontación impide un acuerdo para que la OPEP disminuya su producción de hidrocarburos a favor de los precios del petróleo que van en franca caída.

De esto, por lo pronto, hay consecuencias muy concretas y sensibles aquí en nuestro país: el dólar se cambió ayer en los bancos a un máximo histórico de 18 pesos con 13 centavos, el precio de la mezcla mexicana del petróleo se nos fue al nivel más bajo en doce años, 24 dólares con 11 centavos por barril (poco menos de la mitad de los 50 dólares en que se fijó el precio referencial de este año); y la bolsa de valores cayó 2.47 por ciento en su peor sesión desde diciembre de 2014.

Luis Videgaray salió al paso ayer mismo a este panorama que el mismo consideró peligroso y preocupante, sin salirse, no obstante, del discurso de confianza a que está obligado: tenemos los amarres para sortear la volatilidad internacional, lo importante no es mantener la paridad peso-dólar en cierto nivel sino garantizar la estabilidad de la economía, y no se vislumbra un nuevo ajuste en el gasto público aunque, de ser preciso, se recurriría a él sin que en ello se prevea un aumento de impuestos.

Aunque veladamente, el secretario de Hacienda no soslaya un panorama de crisis. De ahí su advertencia: el mundo está en riesgo de una perversa y peligrosa “guerra de divisas”. ¿Qué es eso? Pues que los países devalúen o deprecien sus monedas para hacer más competitivas sus exportaciones. Videgaray utilizó el término “devaluaciones competitivas”. ¿Por qué son perversas?

Recordará usted que la desaceleración de la economía china empezó a dar señales de ser el agotamiento de un modelo, cuando en agosto del año pasado anunció la devaluación de su moneda, el yuan, en siete por ciento. Antes de tomar esa decisión, el banco central de China fijaba cada día la paridad del yuan con el dólar. Desde que la tomó, la divisa china se mueve en una banda de flotación que no puede apreciarla ni depreciarla más de siete por ciento. Esa banda de flotación también aplica para su bolsa de valores. De manera que las dos caídas de siete por ciento que hemos visto esta semana en el mercado bursátil chino, detonaron automáticamente el cierre de las operaciones.

Cuando China devaluó el yuan informó que la decisión era parte de su intención de que su moneda formara parte del paquete de monedas de referencia del FMI. Para que este organismo acepte a una moneda en ese grupo, ésta debe cotizarse de acuerdo con la oferta y la demanda. Por eso Pekín –según explicó- dejó flotar el yuan. Tal fue en agosto pasado la razón oficial.

Pero desde entonces se percibía una intención de más fondo que al paso del tiempo parece confirmarse: China devalúa su moneda para recuperar potencia exportadora, atraer más inversión y fortalecer su alicaída industria. Devaluar el yuan fortalece a la divisa ante la que se deprecia, es decir, el dólar. Y eso lejos de agradarle a Estados Unidos le preocupa pues limita su competitividad exportadora, lo que afecta a su economía y limita su poder importador. Eso afecta a México, pues no se olvide que 40% de nuestras exportaciones van precisamente a Estados Unidos.

Por lo demás, un dólar fuerte siempre esta asociados a precios bajos del petróleo. Entonces, economías petrolizadas como la nuestra (aunque se dice que la hemos ido despetrolizando), ven también devaluadas sus monedas. Tal es la guerra de las divisas y, en su dinámica, las expectativas de crecimiento económico se vuelven casi nulas, como el crecimiento cero que el Banco Mundial acaba de pronosticar para América Latina.

Para México ha pronosticado un crecimiento de 2.5 por ciento, mientras que el consenso en nuestro país es de 2.8 por ciento para este 2016. Su fundamento: el dinamismo del consumo interno. Pero ¿qué tanto se verá mermado con la volatilidad internacional y un peso que al parecer quedará en los niveles vistos ayer?

El panorama deja muy poco espacio para el optimismo y nos sitúa no muy lejos de un rebrote de la crisis económica de 2008, sin que sea descabellado pensar que el mundo pudiera volver a caer en recesión.

(rrodriguezangular@hotmail.com , @RaulRodriguezC , raulrodriguezcortes.com.mx)

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