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Un grado 33 que no tiene nada que ver con la masonería, pero que esconde prácticas, igualmente, envueltas en secrecía que las ceremonias del rito de York.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 11, 2018, 6:47 am

Javier Corral, por el momento gobernador del estado de Chihuahua, ha sido siempre adicto a los reflectores y las cámaras. Si por él fuera sería un actor de telenovelas anhelando que la historia de sus romances y decepciones fuera recogida y novelada por la revista TvNotas, que hace setenta años comenzó como un cancionero, remedo malo del Picot.

Su afán de notoriedad alcanzó cúspide esta semana cuando denunció a la Secretaría de Hacienda por haberle congelado cierta cantidad nada despreciable de millones de pesos que debió recibir el año pasado. La Secretaría de Hacienda dijo, simplemente, que no le dio esa lana porque ya no tenía fondos para hacerlo.

Los protagonistas de este sainete pusieron al descubierto algo que todos los mexicanos sabemos de su existencia, pero pocos se atreven a denunciarla. El artículo 33 de una disposición legal que establece el criterio personal y la discreción aplicada por el gobernante a la hora de distribuir dinero de la Federación a los estados. Una partida que nadie puede explicar y que nadie tiene la obligación de hacerlo en el momento de su uso.

Un grado 33 que no tiene nada que ver con la masonería, pero que esconde prácticas, igualmente, envueltas en secrecía que las ceremonias del rito de York.

Simplemente, cuando se quiere disponer de dinero público sin tener que explicar las motivaciones, se mete debajo de la alfombra del grado 33.

Por ello, no es importante si a Corral lo quisieron despojar de medios para malgobernar su estado. El asunto es desentrañar ese monstruo barbudo que son las partidas secretas que se manipulan a discreción, siguiendo, naturalmente, objetivos políticos. Especialmente, en un año electoral.

PILÓN.- Tenía que ser la cachondísima actriz francesa Catherine Deneuve la que recogiera el guante blanco que las mujeres andan desparramando por doquier para desenmascarar a los malditos hombres que, en la casa, en la oficina, además de tener vitacilina, les dijeron alguna vez que tenían buen cuerpo y que no les disgustaría pasar un fin de semana en la playa con ellas, sexo inclusive. Un centenar de mujeres intelectuales y artistas de Francia hizo llegar un manifiesto al diario Le Monde, el que defienden la “libertad de importunar” que los hombres ejercemos hacia ellas al pedirles oblicuamente las nalgas. La violación es un delito, comienza el manifiesto, el coqueteo de los hombres con las mujeres no lo es, como la caballerosidad no es una agresión machista e incluso son bienvenidos por las damas.

Ya era suficiente acoso en los medios hacia todos los señores que, carentes de atractivos visuales, se refugiaron en las frases inspiradas de elogio a la belleza que tienen enfrente tratando de seducirla. El movimiento #MeToo no fue más que un machismo al revés. Dejen que las mujeres se acerquen a mí, diría el Nazareno. Lo que pase después es cuestión de adultos. Las mujeres no son párvulos idiotas necesitados de una protección, esa sí, de machos cabríos que a ellas se acercaron. Y que las lideresas de este machismo invertido no se hagan guajes: también hay acoso de allá para acá, pero nosotros somos muy machos y no rajamos.

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