La Carpeta:
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Es en este segmento del antiguo acueducto, entre la glorieta de Insurgentes y el Cetram, en donde el gobierno de la capital del país se propone ensayar un plan piloto de segundos pisos peatonales, de los que se propone hacer diez.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 25, 2015, 6:25 am

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La Gran Tenochtitlan no bebía de las aguas salobres que hacían canales entre los islotes que le formaban. Su agua potable llegaba por el acueducto de Chapultepec, construido por el señor de Texcoco, Netzahualcóyotl, y frecuentemente confundido con el de Santa Fe; el acueducto corría del Bosque del Chapulín hasta la gran ciudad y el sistema hidráulico incluía los baños de Moctezuma. De cierto, en uno de los vértices del polígono irregular que fue la Ciudad de México en la Colonia y hoy llamamos el Centro Histórico existió la fuente llamada Salto del Agua, hoy una réplica de la que se conserva en el museo del virreinato en Tepotzotlán, de donde los antiguos mexicanos abrevaban.

Del acueducto se conservan unos cuantos arcos y muchos recuerdos. A sus costados estuvo el teatro Arcos Caracol y la cárcel de Belén, en la que, según Heriberto Frías, se alojaba a los homosexuales y travestis de antaño, entre otros delincuentes de la época. Lo cierto es que la avenida Chapultepec, que nace en las rejas del parque y llega hasta el centro, ha pasado de ser un acueducto vital, la ruta de Maximiliano al Zócalo antes de que el Paseo de la Reforma existiese, ruta vital para llegar al corazón de México y parte de un muladar desatado a partir de uno de los motores del progreso capitalino, el Metro.

La llamada Zona Rosa de la Ciudad de México, lugar de convivencia para artistas, intelectuales y juventud de Las Buenas Conciencias, se “arruinó” con la llegada del pueblo usuario del Metro; sin los recursos y las aficiones de los exquisitos de la Zona Rosa, los pobres degradaron el ambiente exquisito del barrio, convirtiéndose en un populoso pasillo donde los vendedores ambulantes de todo tipo de mercancía lícita y fuera de la ley, cuerpo humano inclusive, abundaron.

A mayor deterioro, una terminal de autobuses urbanos, pretenciosamente llamada Centro de Transferencia Modal, se instaló ahí con la supuesta función de servir de punto precisamente de transferencia de pasajeros de los diferentes medios de transporte urbano. El Cetram Chapultepec no sirve para nada más que estorbar a la circulación de vehículos, haciéndolo imposible, bloquear los accesos a la Secretaría de Salud y a la zona del monumento conocido como la estela de la corrupción y afear todo el entorno al Bosque de Chapultepec.

Es en este segmento del antiguo acueducto, entre la glorieta de Insurgentes y el Cetram, en donde el gobierno de la capital del país se propone ensayar un plan piloto de segundos pisos peatonales, de los que se propone hacer diez.

A este proyecto piloto se le llama, pomposamente, corredor cultural. En realidad se trata de un paseo comercial adornado con espacios dedicados a algunas actividades culturales. Se supone que unirá las colonias Roma y Condesa y hará más ágil la circulación vehicular por la avenida Chapultepec. Si el gobierno del señor Mancera no tiene virtudes mágicas para crear espacios donde no los hay, este último objetivo es irrealizable. Las pocas vialidades que hoy son insuficientes para llevar del poniente y el sur los automóviles al Centro, o del Centro hacia Polanco y las Lomas el flujo vehicular, se verán disminuidas. Se cuenta con la introducción inevitable del Metrobús y de una ciclopista; naturalmente, tendrán que usar la vialidad lateral sur de Chapultepec y eliminar el camellón hoy existente.

Desde luego, entre las virtudes del proyecto está el desalojo de los vendedores ambulantes que pueblan la orilla norte de la calle y las entradas a las tres estaciones del Metro que están dentro del corredor, Chapultepec, Sevilla e Insurgentes. A dónde van a mandar a esos mexicanos numerosos que buscan la chuleta en el comercio informal, es un misterio. Todos los misterios sociales tienen una solución política.

Es muy probable que este corredor cultural ayude a la recuperación de la deteriorada Zona Rosa, del estacionamiento absurdo que tiene la Secretaría de Seguridad Pública adyacente a la Glorieta de Insurgentes, de los alrededores del Metro Sevilla. Fuera de eso, no va a servir de nada. El tráfico congestionado de la avenida Chapultepec va a empeorar con menos vialidades.

Eso, sin contar el flujo vehicular que provocará el funcionamiento de la Torre Bancomer en Lieja y Reforma, a donde no se puede llegar del Centro si no es por avenida Chapultepec. Nuevamente, aplicaremos curitas a un enfermo de cáncer. En este caso, diez curitas urbanos, que llamaremos culturales.

Eso sí, en segundo piso.

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