La Carpeta:
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Lo más sorprendente es que a pocos pasos de nuestra mesa, se alzaban una buena parte de los escenarios donde Modiano ambienta sus inquietantes novelas: el tabac Au Chien Fume a un par de cuadras al oriente, la Place Saint Sulplice, el Café de Flore en St. Germain a escasos cien metros, o el antiquísimo bistró Le Petit Saint Benoit.
Eloy Garza
octubre 10, 2014, 5:36 am

eloygarza-editorial

Me pregunta José Jaime Ruiz si escribiré algo sobre el flamante Nobel de Literatura Patrick Modiano. Lo haré primero tangencialmente y luego desde un plano crítico. Hace muchos años la UNESCO nos invitó a un grupo de mexicanos a visitar su sede en París. El representante de nuestro país en ese organismo era el doctor Pablo Latapí Sarre, ex jesuita, católico de izquierda y pionero de la investigación educativa en México.

Una mañana brumosa llegamos a Gare d´Austerliz, el pedagogo Carlos Ornelas, Tomás Miklos (padre del novelista David Miklos, de ascendencia húngara), mi gran amiga Roxana Macías (a quien mando un saludo porque acaba de perder a su padre) y el doctor Roger Díaz de Cossío, ex Subsecretario de la SEP y creador tanto de la educación abierta como de la educación para los adultos en México en la década de los setenta.

La UNESCO me decepcionó al menos en su diseño arquitectónico: el edificio lucía anticuado y el despacho del doctor Latapí era pequeño, repleto de archiveros metálicos y con reminiscencias del más rancio estilo soviético. Apenas cumplimos el protocolo de visita, nos dirigimos a la salida. Don Pablo se sintió apenado por recibirnos en su especie de celda monástica, así que nos invitó a comer, con la condición de alcanzarnos un par de horas más tarde en algún brasserie, tras cumplir rigurosamente con su horario de oficina (él era todo formalidad, parsimonia y gentileza).

A Roger le cayó de perlas hacer tiempo antes de comer, porque (melómano irredento), casi nos llevó a empujones a las Galeries Lafayette a comprar devedés con versiones modernas de las operas de Verdi y Puccini que le faltaban a su colección de más de 5 mil discos. En el trayecto en taxi de Lafayette a Le Relais de l´Entrecote, en el boulevard de Montparnasse, la charla se desvió hacia la novela negra, tema del cual Roger era un erudito.

Ya instalados en nuestra mesa de la terraza de l´Entrecote, Roger seguía sentando cátedra sobre la historia de la novela policiaca, desde las obras de Dashiell Hammett hasta las más recientes del sueco Henning Mankell (recien traducido al español en esos años), cuando don Pablo se sumó a la mesa. Lo curioso de ese restaurante, ubicado justo en la rue Saint Benoit, a pocas cuadras del célebre Les Deux Magots, donde Sartre escribió a mano “El Ser y la Nada” es que el menú se reduce a un simple entrecot bañado en una salsa mantecosa y una porción de papas. Pero el conjunto es un verdadero lujo para las papilas gustativas.

Atento a la lista de autores de novela negra, don Pablo apostilló el nombre de un autor francés que todos desconocíamos, incluso Roger, pero que, al igual que los grandes del género, se valía de cierto estilo de investigación policiaca para envolver a sus novelas en una atmósfera misteriosa, casi irreal. “¿Y ese quién es?” preguntó Roger. “Es el novelista de las pérdidas que nos deja el tiempo. En todas sus obras, ambientadas la mayoría en la ocupación nazi en París, el protagonista busca obsesivamente algo o a alguien, inicia una pesquisa por el padre que no está, un viejo amor, una sensación olvidada, o hasta un detective con amnesia detrás de su pasado”.

Yo, que cumplo al pie de la letra los consejos de mis mayores, me grabé el nombre del novelista desconocido que soltó don Pablo esa tarde en París: Patrick Modiano. Luego, con esa tersura de voz tan peculiar en él, don Pablo remató: “Tarde o temprano le darán el Nobel”. Por supuesto que referirse a Modiano como un novelista policiaco era una mera ocurrencia o broma de don Pablo, una boutade como dirían los franceses. Pero la asociación tampoco era tan descabellada: las pequeñas novelas de Modiano causan en el lector el mismo desasosiego que la mejor novela negra, pero sin necesidad de tramas truculentas ni de ese artificio chapucero que es el suspenso.

Lo más sorprendente es que a pocos pasos de nuestra mesa, se alzaban una buena parte de los escenarios donde Modiano ambienta sus inquietantes novelas: el tabac Au Chien Fume a un par de cuadras al oriente, la Place Saint Sulplice, el Café de Flore en St. Germain a escasos cien metros, o el antiquísimo bistró Le Petit Saint Benoit.

Años más tarde, en 2009, don Pablo Latapí murió víctima de un fulminante cáncer de pulmón (finale prestissimo, como él mismo lo definió) yo me dediqué a conseguir y leer toda la obra traducida al español de Patrick Modiano, don Roger a devorar cuanta novela policiaca se cruza por su camino mientras escucha las arias de su querido compositor Guisepe Verdi y a Modiano le acaban de otorgar su merecido Nobel de Literatura. Que lástima que don Pablo no viviera para saberlo.

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