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El torvo y confuso incidente de Tlatlaya, sucedió el último día de junio; nos enteramos de él la última semana de septiembre...
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 1, 2014, 6:08 am

Felix Cortes Camarillo

Una de las más importantes decisiones de política exterior mexicana fue anunciada hace una semana en el pleno de la Organización de Naciones Unidas: Enrique Peña Nieto anunció sorpresivamente la decisión de aportar tropas mexicanas a la nebulosa acción común de fortalecer la paz en los países árabes apoyando al gobierno de Estados Unidos.

No es un fenómeno nuevo. Los supremos gobernantes de nuestro país nos tienen acostumbrados a que nos enteremos de las decisiones importantes de nuestros presidentes se publiquen primero en el Financial Times o el Wall Street Journal. Así lo hicieron Zedillo, Fox, Salinas o Calderón. En el teatro griego los coturnos eran plataformas en los zapatos para elevar la estatura, y persona era un magnavoz dentro de una máscara que hacía más fuerte el volumen de lo dicho. Ergo, lo importante no es lo que se dice sino quien lo escucha. Necesitamos, pues, trompetas de Jericó.

El torvo y confuso incidente de Tlatlaya, Estado de México, sucedió el último día de junio; nos enteramos de él la última semana de septiembre. Una veintena de supuestos delincuentes se enfrentó a balazos con soldados mexicanos. Murieron los malosos, casi todos. Cuando uno decide dedicarse a la delincuencia armada y violenta, sabe que una de las más probables opciones de su futuro es morir. O matar. Eso lo saben también los mexicanos pueblo-pueblo, a los que la carencia de opciones educativas y de trabajo les llevó a enlistarse en las Fuerzas Armadas del país. El único empleo a la mano, sin una paga digna todavía, por cierto. Seguramente la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sigue buscando criminalizar a los soldados, cuando nunca ha procurado defender los derechos humanos de los verdes, asesinados con frecuencia.

Pero la gente olvida la manera en que nos enteramos de este asunto.

Fueron la agencia noticiosa AP y la norteamericana revista elitista Esquire las que nos desvelaron la historia. Ni uno solo de los medios de información que trabajan en el Estado de México, en la región, en el país, supo de los muertos. Que se lo buscaron y se lo merecían es otro asunto. Lo que no puede ni debe hacerse es ocultar la realidad. La versión oficial fue, justamente, la del enfrentamiento. Pudo ser; la idea es perfectamente lógica y no sería la primera vez en México en que los soldados matan delincuentes y los delincuentes matan soldados. La vida es así.

Pero yo me pegunto: ¿por qué tenemos que enterarnos de lo que nos pasa por medios externos? Generalmente, los periodistas gringos no son muy versados en nuestra realidad y cargan con un bagaje de prejuicios lamentables. Esos elementos hacen que la información nos llegue sesgada. Tan sesgada como acomodar los cuerpos de los malhechores muertos en Tlatlaya para que parecieran los cadáveres de la noche de San Valentín en Chicago.

Me consta que ver a mi país desde la lejanía del extranjero es una herramienta adecuada para ver mejor. Cerrar los ojos ante lo que pasa es otra cosa. Dicen que el avestruz clava el pico en la arena para ignorar el peligro. Todo el mundo sabe que, al hacer eso, el avestruz deja el culo al aire.

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