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¿Qué pasa si la voz del gobernante nos conmina a aceptar sus arbitrariedades o actos absurdos, ilógicos o fuera de lo razonable, y todo en su propio beneficio y no en beneficio nuestro?
Eloy Garza
octubre 30, 2014, 4:26 am

eloygarza-editorial

El principal problema en México, desde hace décadas, consiste en que la mayoría de los ciudadanos somos ciegamente obedientes al poder político. El sometimiento voluntario de los seres humanos a una línea de mando superior no tiene en principio un sentido negativo; así se forjan las "sociedades administradas".

¿Pero qué pasa si la autoridad nos manipula, nos roba “legítimamente” nuestro dinero mediante los impuestos y lo derrocha en despensas, compra de voluntades y pago a líderes de colonia? ¿Qué pasa si la voz del gobernante nos conmina a aceptar sus arbitrariedades o actos absurdos, ilógicos o fuera de lo razonable, y todo en su propio beneficio y no en beneficio nuestro?

El esquema mental de los seres humanos está en buena medida diseñado para caer en dicha simulación: simplemente obedecemos. En cada cabeza se produce un fenómeno estudiado recientemente por la neurociencia: la disonancia cognitiva; disrupción entre lo que se piensa y lo que se hace.

La metáfora del Padre reverenciado ilustra históricamente este curioso fenómeno. El político tradicional tiene generalmente un andamiaje moral simplón, fundamentado en un pobre storytelling: la imagen del padre protector pero estricto, que se sustenta en el valor de la autoridad a secas (“porque lo digo yo”) y enseña a sus hijos a disciplinarse en aras del mantenimiento de esa jerarquía filial, que acaba siendo un fin en sí mismo.

Mediante este artificio atajamos las complicaciones del pensamiento crítico y nos instalamos en una zona de confort. El pueblo-hijo llega a ser cómplice del gobernante, seducido por su embrujo, lo que no obsta para que muchos servidores públicos se ensañen en contra de su población, como pasa en casos extremos como la desaparición de los 43 normalistas de Iguala.

Las sociedades giran en torno a valores paternales, sobre todo después de largas crisis sociales o políticas. A partir de ese pervertido contrato social los valores y conceptos de un régimen prepotente como el mexicano cobran sentido.

¿Cuál son estos valores? Al pueblo no se le deja libre a su capricho sino que se le orienta; hay que regañar y exhibir a los desobedientes como a los niños cuando no se conducen conforme a los cánones del poder. Y el peor: cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Y nosotros nos merecemos el nuestro.

Estos valores de dudosa procedencia, son compartidos por un alto porcentaje de italianos, alemanes, argentinos, afganos, somalíes y mexicanos, aunque sean valores ridículos. La ciega fidelidad al gobierno contradice la lógica economicista clásica (“nadie actúa en contra de su propio interés”) y se explica mejor con una hipótesis sociológica: la gente opera en razón de su identidad, es decir, de su sistema de valores.

Y si estos valores gravitan en torno a la imagen del Padre Protector (que es una derivación del modelo de familia idealizada) que nos rescata del miedo, la gente responderá en consecuencia, bajo la siguiente máxima: “lo que es bueno para todos, es bueno para mí”. De ahí se desprende una larga ristra de problemas sociales que ha estrangulado a los ciudadanos mexicanos.

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