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¿Qué suele pasar cuando proliferan estos editoriales en contra de un gobierno como el mexicano y su mal simulada corrupción? Que avisan al inversionista de altos vuelos para emprender ventas accionarias masivas, azuzados por el miedo a formar parte del mercado bursátil de un país desprestigiado.
Eloy Garza
enero 6, 2016, 6:58 am

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En México impera la opacidad. No es nuevo que el gobierno se resista a rendir cuentas, como encabeza su editorial el diario New York Times (“Mexico stubbornly resists accountability”). Este es un secreto a voces que el mexicano asume sexenio tras sexenio con sarcasmo desarmante. La indignación se convierte en escarnio, el escándalo en burla, la ofensa en chascarrillo popular. “La crisis de hoy es el chiste de mañana” decía H. G. Wells.

Sin embargo, el problema se vuelve épico cuando nos recuerda ese defecto nacional un periódico en el que basan sus inversiones bursátiles muchos especuladores globales. Entonces el secreto a voces adquiere ribetes de denuncia. Se encienden las señales de alarma. Como si la Casa Blanca recién se destapara, el caso Ayotzinapa apenas se ventilara, la ausencia de Derechos Humanos se descubriese la víspera.

El deterioro de la imagen del presidente Enrique Peña Nieto sería dato irrelevante si no impactara en los mercados bursátiles, de por sí cotizando a la baja, urbi et orbi. ¿Qué suele pasar cuando proliferan estos editoriales en contra de un gobierno como el mexicano y su mal simulada corrupción? Que avisan al inversionista de altos vuelos para emprender ventas accionarias masivas, azuzados por el miedo a formar parte del mercado bursátil de un país desprestigiado.

Ocurrió recientemente en Brasil y la consecuencias de su recesión económica (la peor en 80 años) apenas comienzan para el gobierno de Dilma Rousseff. De aquí en adelante sucede un fenómeno conocido como caída libre. A México lo están empujando al precipicio. Y el gabinete de Peña Nieto se hace el desentendido esperanzado en que las reformas estructurales reactiven una economía estancada, ansioso porque la caída de la producción petrolera se frene por sí misma, iluso con sus teorías de que un país puede avanzar con casi nula inversión pública.

Mientras tanto, el PIB creció 2.5 por ciento el año pasado, cifra mediocre y vergonzosa que se repite desde hace más de veinte años. Y el pronóstico para 2016 es un espejo de este dato. Si añadimos que la inflación se estima que terminará los próximos 12 meses en 4 por ciento y el tipo de cambio en $18.0, se entiende que editoriales como la del New York Times son simplemente el aviso de pesadillas que se evitarán sólo si el gabinete de Peña Nieto pone manos a la obra. Pero tal parece que su afán es sólo verse sorprendido con las manos en la masa.

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