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Blanco se distingue por las limitaciones de su acervo intelectual, lo que le hace más atractivo al pueblo-pueblo, que piensa que el futbolista ha ganado tanto dinero que no necesita aprovechar el puesto de alcalde para robar más.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 4, 2016, 6:18 am

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A sus 33 años de edad, Gisela Raquel Mota Ocampo, no alcanzó ni siquiera a cumplir un día como alcaldesa del municipio de Temixco, en el estado de Morelos. Cinco sicarios, tres hombres, una mujer y un menor de 18 años la siguieron hasta su casa, entraron a por ella, la sacaron y la mataron a balazos. Gisela, militante del PRD, fue uno de los 175 alcaldes que el uno de enero entraron en funciones en cuatro estados, de los cuales el de Morelos se distingue por su alto índice de peligrosidad.

Los cinco municipios más violentos de Morelos son la capital Cuernavaca, seguida de Yautepec, Jiutepec, Cuautla y, precisamente, Temixco, al sur de la capital.

De los 175 alcaldes que iniciaron funciones, el que más ha destacado es el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, quien se hizo de la presidencia municipal de Cuernavaca bajo el amparo del PSD y del llamado Movimiento Social, extraño partido de orientación religiosa-social. Es obvio que Blanco obtuvo el triunfo gracias a dos factores: el hastío que todos los mexicanos sentimos hacia los políticos-políticos, es decir los que han hecho de la política un medio para enriquecerse y la popularidad que años de darle patadas con cierta eficiencia a la pelotita le rindieron a Cuauhtémoc.

Blanco se distingue por las limitaciones de su acervo intelectual, lo que le hace más atractivo al pueblo-pueblo, que piensa que el futbolista ha ganado tanto dinero que no necesita aprovechar el puesto de alcalde para robar más. Su reciente boda fue un ejercicio de oligarca estilo Kitsch digno de mención. Más de mencionarse es el hecho de que antes aún de tomar posesión, Cuauhtémoc se pronunció públicamente por anular la adhesión del municipio de Cuernavaca al sistema de Mando Único para su policía, un principio empujado por el gobernador —también perredista— Graco Ramírez y notablemente por el mismo presidente Peña Nieto.

Desde luego que el mando único policiaco no es la panacea para todos los males con los que la inseguridad ha inundado nuestro país; no lo ha sido en Nuevo León, donde se comenzó a implementar experimentalmente ni lo ha sido en Morelos, el segundo de los estados más violentos e inseguros de México ni lo ha sido en los estados en que –por iniciativa del Presidente— los gobernadores, algunos a regañadientes, lo han aceptado.

El tema va más allá del respeto a la entidad municipal; en todas partes, el mando de la policía abre la puerta a los ingresos que la corrupción genera; por ello todo mundo quiere ejercerlo. De esta suerte, el mismo día primero de enero el gobierno del estado de Morelos retiró armas y patrullas a la policía de Cuernavaca, no así a la de Temixco, pues la nueva alcaldesa sí es afín a las intenciones del gobernador del estado.

Tal vez gracias a ello los asesinos de la mujer pudieron ser localizados y perseguidos en una balacera que dejó dos muertos, los dos pistoleros asesinos. Una mujer, un varón y un menor fueron capturados. Graco Ramírez y las autoridades partidarias del PRD fueron prestos a condenar el artero crimen apenas cometido. Todos coinciden en que la alcaldesa se había negado a entrar en negociaciones de sumisión con el crimen organizado de Morelos, lo que habría conducido a su asesinato. Pero Hamlet insiste “palabras palabras, palabras”. Simples escudos que no garantizan inmunidad para quienes tienen la obligación de perseguir encontrar y enjuiciar a los culpables. Los dos muertos y los tres detenidos fueron, evidentemente, meros ejecutores pagados por intereses políticos y delincuenciales que las autoridades de Morelos deben conocer muy bien. Gisela se había comprometido en su campaña a combatir con ímpetu mayor al crimen organizado. Ahí, y en su presunta resistencia a transar con los malosos de la región, al sur de Cuernavaca, se encuentra el secreto para desenredar esta madeja, que no admite cuentos oscuros, sino cuentas claras.

Salvo que policías y ladrones, en Morelos, sean la misma cosa.

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