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Todos los días incrementamos la lista de los muertos, y reducimos la intensidad de la esperanza de encontrar a los vivos.
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 30, 2014, 4:36 am

Felix Cortes Camarillo

Tristísimo panteón, yo te saludo,

a ti me acerco con pavor y espanto…

Tristísimo panteón, en voz de Óscar Chávez

No, el presidente Peña Nieto no puede irse tan campante el viernes de la próxima semana a un viaje, tan importante o deleznable como todos los viajes de todos los presidentes, a China y Australia. No, si como todo indica, para esas fechas no habrá más que un asomo de sospecha para solucionar la crisis de los 43, que tienen nombre de bebida etílica, y provocan desde el saqueo a un supermercado al pronunciamiento papal en la audiencia de los miércoles en el Vaticano.

No, Enrique Peña Nieto está obligado a quedarse aquí, a presionar todos los botones que tiene a su disposición —creo que son todos— para que quien quiera que tenga capacidad y autoridad para resolver el acertijo de los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa los ejerza y aporte los únicos resultados posibles: ¿dónde están, vivos o muertos, los cuerpos de los 43 ausentes, y dónde están —detenidos y consignados— los autores de las desapariciones, temporales o permanentes?

Todos los días incrementamos la lista de los muertos, y reducimos la intensidad de la esperanza de encontrar a los vivos. Los 43 muchachos desaparecidos se van convirtiendo en lejano lamento en estos tiempos en que honramos a nuestros muertos y les hacemos ofrendas. Mientras tanto, nos venimos enterando de que México es un tristísimo panteón desde hace muchos años, que hay más de 22 mil desaparecidos herencia del funesto calderonismo, que incrementan su número en los tiempos del funesto peñanietismo. Y nadie tiene la razón. Se descubre una fosa clandestina tras otra y se confunde el fémur de un cadáver con el metacarpo de otro, con todo y expertos forenses de la pampa.

Mientras, todos los oportunistas del camino aprovechan la cadena de incidentes macabros para salpicar de culpas al adversario político en turno, para que todos imiten al apóstol Pedro y sigan negando a Jesús luego de que el gallo cante cuarenta veces tres.

No, el presidente Peña Nieto es primer mandatario de México y su obligación número uno está en su casa. Qué bueno que reciba a los padres y deudos de los supuestos secuestrados y los seguros muertos. Qué bueno que diga un día sí y otro también que el principal compromiso del país está en encontrar a los 43. Pero el Poder Ejecutivo con mayúsculas no puede notificar al Senado que hay les encarga el tendajo, porque se va de gira a decirle a los inversionistas del Asia-Pacífico que México es jauja o que, como dijo el martes la secretaria de Turismo, Ruiz Massieu, México sigue siendo un destino seguro para todos los visitantes del mundo y que —sagradas estadísticas— a esta fecha tenemos 17% más turistas que el año pasado. Se necesita tener cara dura.

No, la ofrenda de muertos está en México; el tristísimo panteón no se encuentra solamente en San Miguel Teloloapan, ayer rodeado de los verdes porque se supone que ahí se esconde el ubicuo alcalde Abarca. El viejo enterrador anda contando su historia de comarca en comarca, por todo el territorio nuestro, desde la tierra caliente de Guerrero y Michoacán a las áridas regiones de la frontera de Brownsville con Matamoros. Aquí es donde necesitamos un Presidente decidido y valeroso.

Y que además tenga suerte. Porque, como que no se le da.

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