La Carpeta:
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El gobierno debe preocuparse por encontrar a quienes facilitaron la realización del túnel por el que Guzmán Loera se les fue.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 11, 2016, 7:04 am

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No podía ser de otra manera: para enterarnos cabalmente de lo que pasa en México es imprescindible leer la prensa extranjera, preferentemente en inglés.

En esta ocasión, primero The New York Times con su adelanto y luego el sábado la revista Rolling Stone publicando el detallado relato de Sean Penn, dieron contexto a la vaga información de la procuradora Arely Gómez de que fue el ego desenfrenado de El Chapo Guzmán en procura de que se hiciera una película sobre su persona, lo que entre otras cosas finalmente dio las pistas para ir recuperando el camino verde que llevara a la recaptura de Joaquín Archivaldo. La señora Gómez afirmó entonces que los abogados del hoy prisionero —bueno, mientras escribo estas líneas— habían contactado “actrices y productores” para emprender el proyecto fílmico. Lo que la noche del viernes en el hangar de la PGR no dijo la señora Gómez es que las piezas clave de este hollywoodense rompecabezas eran la actriz mexicana Kate del Castillo y el actor norteamericano Sean Penn, quienes fueron hasta una localidad del centro del país (¿Pueblo Nuevo, Durango?) para reunirse a tomar tequila marca Honor con El Chapo, concertar una entrevista de Penn para la revista y hablar de las posibilidades del filme.

De la narrativa del actor y la transcripción de la entrevista, que fue realizada después con el entrevistado grabando sólo las respuestas, no nos enteramos de nada nuevo; se trata de un hombre de origen humilde, escasa preparación, astucia intensa, sencillez asombrosa y pragmatismo empresarial, que le convirtieron en el narcotraficante más poderoso del mundo entero. Ni una sola palabra del mecanismo complejo que hizo posible la fuga del siglo, del penal de máxima seguridad del Estado mexicano. Desde luego, ni una sola mención a las autoridades de cualquier nivel que fueron indudablemente corrompidas por el dinero de El Chapo para hacer realidad la mayor mancha en la trayectoria de la administración actual, por más que su recaptura ponga las charolas de la balanza de nuevo en equilibrio.

Pero otro asunto es la entrevista y su realización.

He leído que la PGR investiga a Kate del Castillo; he escuchado a algunos lectores de noticias sugerir la necesidad de iniciar una persecución en su contra. Quiero pensar que semejante estupidez no se está concretando.

No cito textualmente, porque sólo he leído la versión en un medio que no se distingue precisamente por la puntualidad de su apego a la verdad, pero presumo que es válida la frase atribuida a Julio Scherer: si el diablo me da una entrevista, voy a los infiernos a hacerla. Se refería sin duda a las criticadas incursiones de don Julio a la selva Lacandona para hablar con el subcomandante Marcos o al refugio sinaloense del Mayo Zambada, a quienes entrevistó.

Scherer fue, como dicen los cursis, periodista de viejo cuño. Pudo haber considerado que ese privilegio de buscar la nota donde la hubiera y ocultar el mecanismo para llegar a ella era privilegio exclusivo de los periodistas. Hoy en día, el progreso tecnológico propicia que cada uno de los ciudadanos —y qué bueno que así sea— tenga la posibilidad y el derecho a captar la información donde la haya, difundirla donde le plazca y no tener que convertirse en soplón de los cuerpos policiacos. Por medio de presiones legales o intimidaciones al estilo justicia mexicana. En su oportunidad, cuenta Sean Penn en su texto del Rolling Stone, la señora Del Castillo fue objeto de presiones y amenazas de funcionarios del gobierno mexicano por haber expresado hace tres años simpatía por la figura y la hipotética función social de El Chapo Guzmán: “trafique con el amor”. La preocupación del gobierno mexicano debe ser la de encontrar a los que facilitaron a los ingenieros, becados en Alemania, la realización del túnel por el que El Chapo, en situación que no se ha aclarado todavía, se les fue.

PILÓN.- Yo no sé si jurídicamente sea correcto: en este país las leyes y el ejercicio de la justicia se ajusta a los intereses y, especialmente, a los capitales. Pero si el gobierno mexicano cede a las diversas presiones de fuera —pero mayormente de dentro— para deportar a El Chapo a Estados Unidos, el mensaje implícito será muy claro: el Estado mexicano se confiesa incapaz de retener a un reo, en el que empeñó tanto trabajo en volver a detener, que tiene deudas pendientes con la justicia de este país y que nos debe una buena dosis de información delicada. O el reo de marras podría contar aquí cosas que allá dirá, y que nos tardaremos mucho en saber.

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