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Ahora que los nuevoleoneses sabemos qué sucedió después del “Día D”, no hemos podido responder a la pregunta de fondo: ¿Por qué se dio este resultado electoral tan inesperado, tan inusual? ¿Y en que redundará esto en el futuro de las candidaturas presidenciales?
Eloy Garza
agosto 24, 2015, 5:37 am

eloygarza-editorial

¿Pudo alguien predecir años atrás el resultado de la pasada elección política local? ¿Supo alguien adivinar cómo se reagruparon la sillas recientemente en el juego del poder de Nuevo León? No: como novela realista hubiera sido una fantasía, una narración  desproporcionada a sí misma, como se dice cuando el género rebasa sus cánones. En uno de sus poemas, Wislawa Szymborska dice que frente a los muertos, los vivos somos como dioses desesperados, pero dioses al fin, porque, con respecto al pasado, sabemos qué sucedió después.

Ahora que los nuevoleoneses sabemos qué sucedió después del “Día D”, no hemos podido responder a la pregunta de fondo: ¿Por qué se dio este resultado electoral tan inesperado, tan inusual? ¿Y en que redundará esto en el futuro de las candidaturas presidenciales? Explicando a posteriori las causas somos como los dioses que adivinamos ayeres (recordar es predecir en reversa). Pero el porvenir se nos disipa, como a los muertos de Szymborska.

Habrá quién atribuya este viraje radical de la élite que nos gobierna al estrepitoso fracaso del actual gobierno medinista. Otros, a la crisis de la partidocracia. Habrá quienes ubiquen la principal veta del cambio en las redes sociales, pero aún no existen parámetros para atinar con precisión la injerencia de Facebook o de Twitter en un proceso electoral determinado.

¿Fue la entronización de personajes carismáticos? ¿Tomamos vino nuevo en odres viejas? ¿Fue el exceso de confianza del núcleo dominante en la influencia de los medios masivos? ¿La ruptura sorpresiva de grupos empresariales? ¿El hartazgo ciudadano? En realidad, quienes se hartan, así sea un pueblo o un individuo, se hunde en un sopor letárgico o truena anárquicamente, pero no suele recurrir al metódico orden de asistir a una casilla y meter una boleta en una urna.

A menos, claro está, que a este metódico orden lo inspire no el hartazgo, sino un factor más importante; a menos que la pieza clave esté en otro lado, en la zona menos analizada del imaginario colectivo de los nuevoleoneses. Porque el pesimismo que destilaban los análisis de prensa previos a la elección –incluyo aquí a los editoriales optimistas a golpes de cochupo; otro disfraz del pesimismo periodístico–  no podían prever que entrara ese elemento desconocido en nuestra tabla periódica regional. El filósofo alemán Ernst Bloch lo denominó “el factor esperanza”.

No cubramos a este factor de tanta parafernalia; es la misma motivación que nos empuja a comprar brebajes caseros para quitarnos reumas, cánceres y dolores de muelas por igual; nos induce a leer el tarot y a frecuentar horóscopos. La esperanza también es ese factor que nos lleva a mantener con vida, sin lógica aparente, a nuestro familiar respirando sólo con la ayuda de abanicos hospitalarios. La esperanza viene y se va, no es permanente; no es un sentimiento fijo; es una emoción efímera, pasajera. Pero cuando arriba en el momento indicado (como ocurrió colectivamente en Nuevo León, en aquel mes electoral tan lejos y tan cerca ya de nosotros), modifica el orden natural de las cosas. De la misma manera se difumina rápidamente, se lo lleva el viento. Y nada predice que los héroes esperanzadores de hoy, sean los villanos pesimistas de mañana.

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