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Una de las causas por las que la devaluación del peso mexicano ha afectado tan poco a la gente es que la inflación no ha crecido en la misma proporción que el dólar se ha disparado y se seguirá disparando.
FELIX CORTES CAMARILLO
septiembre 27, 2016, 6:30 am

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Calma, debo tener mucha calma, quizá falte una pieza en mi pobre cabeza…

Garinei e Giovannini, Armando Trovajoli,  Aggiungi  un posto a tavola(El diluvio que viene)

En días recientes y en extraña coincidencia, recibí la noticia fría y escueta de que las tarifas de los servicios de televisión de paga que tengo contratados para mi casa se elevan. Sin más, pero con más. Como el cura Silvestre del musical italiano El diluvio que viene, me late que debería comenzar a construir un arca. La cascada de aumento de precios ha comenzado a llegar.

En lo que va del año, el peso mexicano se ha devaluado en más de un 47 por ciento. Comparado con la devaluación histórica desde que nuestra moneda existe (7,500 por ciento) parecería una cifra tolerable. No lo es, puesto que hoy la deuda mexicana llega ya al 50 por ciento del Producto Interno Bruto, esto es todo, absolutamente todo lo que los mexicanos tenemos, somos y producimos. En términos comprensibles para todo mortal, es como si nos hubiésemos desatado comprando con la tarjeta de plástico.

Todos tenemos alguna deuda. En términos reales no es malo deber, ni como individuos ni como sociedad; lo malo es no tener para pagar, porque ésa es la mejor forma de que la deuda crezca silenciosamente. Todos lo sabemos. En México no se habla —no se debe hablar— de la devaluación de nuestra moneda, sino de una apreciación del dólar. Es como decir que no es el hielo el que enfría nuestra bebida sino nuestra bebida la que calienta el hielo. Para el caso es lo mismo.

En 2015, el peso se devaluó un 10.17%. Para consuelo nuestro, los sabios de la Secretaría de Hacienda nos dijeron que el real de Brasil lo hizo en un 24.5%; el peso colombiano se devaluó ese mismo año en un 20.5% y el dólar canadiense en un 12.08%. Los números de 2016 no tienen paralelo. Paradójicamente, nos dicen, el peso mexicano es de las monedas emergentes más sólidas. Tanto, que es la moneda que se usa para las transacciones y especulaciones que se usan para protegerse en caso de desplomes monetarios. El diluvio, caballero.

Una de las causas por las que la devaluación del peso mexicano ha afectado tan poco a la gente es que la inflación no ha crecido en la misma proporción que el dólar se ha disparado y se seguirá disparando. La inflación creciente es la que hace que el consumidor pueda comprar menos cosas con el poco o mucho dinero que tenga. De una manera artificial, el gobierno ha impedido que los precios se disparen y ha contenido la inflación, pero no puede seguir haciéndolo. De la misma manera que los sistemas de televisión de paga tienen que pagar mucho de sus insumos —los programas y señales de televisión— en dólares americanos, muchos de los productos que llevamos a la mesa cuestan cada vez más al introductor, en la medida de la devaluación.

El idilio termina, el diluvio ya comienza por gotas que irán creciendo de volumen. El presupuesto que discuten los legisladores es un llamado desesperado a reducir el gasto, ante la imposibilidad de generarle más ingresos al erario. El compromiso de no modificar los impuestos existentes ni crear nuevos instrumentos de recaudación fue una medida torpe y populista. Cuando la medida era gravar el consumo —IVA a medicinas y alimentos— y no el trabajo y la inversión —IETU e impuesto sobre la renta— la postura del gobierno pudo parecer muy grata a los demagogos. A los economistas no les hizo maldita la gracia. Como tampoco les agrada la incapacidad de la administración de meter a más del 60% de los factores económicos que está en la informalidad y no paga impuestos.

Malo es deber mucho y tener poco. Peor es cuando ese poco reduce su volumen.