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La llamada cuesta de enero, que año con año tenemos que emprender con esfuerzo, se ha visto incrementada por la reciente introducción del llamado Buen Fin, que —contrario a lo que dice Shakespeare— es más bien un buen comienzo cuyo final empezamos a conocer en enero. Sabia virtud de conocer el tiempo.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 26, 2016, 5:54 am

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La llamada cuesta de enero, que año con año tenemos que emprender con esfuerzo, se ha visto incrementada por la reciente introducción del llamado Buen Fin, que —contrario a lo que dice Shakespeare— es más bien un buen comienzo cuyo final empezamos a conocer en enero. Sabia virtud de conocer el tiempo.

Una conseja popular de origen incierto afirmaba que el lunes de la semana pasada, el 18 de enero, era el día más triste del año. Tercer lunes del mes de enero, en el que, según una fórmula mafufa, ya habíamos tenido oportunidad de difuminar la euforia de las fiestas decembrinas y comenzarían a llegar las cuentas de los adeudos contraídos al resplandor de aquéllas. La llamada cuesta de enero, que año con año tenemos que emprender con esfuerzo, se ha visto incrementada por la reciente introducción del llamado Buen Fin, que —contrario a lo que dice Shakespeare— es más bien un buen comienzo cuyo final empezamos a conocer en enero. Sabia virtud de conocer el tiempo.

Que este año no será grato para las finanzas nacionales ni para las domésticas es bien sabido. Que padecemos un mal de muchos y que hay otros países a los que afecta de peor manera es algo que escuchamos en sonsonete de parte de los funcionarios. Pero hay que aterrizar esos parámetros.

El gobierno federal, que es proveedor de un gran trozo de los empleos de los mexicanos, ha de reducir, en 2016, un total de 16 mil 822 plazas de planta en su gran burocracia, según nos ha informado el diario El Financiero. De ese total, 55.06% le corresponde a Pemex. Un total de 10 mil 945 trabajadores petroleros que causarán baja, arriba de 8% de su nómina. Encabezan la lista de los empleados de empresas del Estado mexicano que serán despedidos, por encima de la Secretaría de Hacienda, la Comisión Federal de Electricidad, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la Secretaría de Economía o la de Gobernación. Diez mil 945 trabajadores. Con ellos se irán los integrantes de sus familias para integrar la masa creciente de desempleados que en nuestro país se elevará a un índice imprevisible.

Esas casi once mil familias pueden sentirse aliviadas —si mal de muchos es un buen consuelo— si se comparan con otras familias mexicanas. Ellos son solamente diez mil 945 familias.

Según publicó Excélsior ayer en primera plana, hay situaciones peores. Si bien los trabajadores de Petróleos Mexicanos que pierdan la chamba recibirán, sin duda, la cuota de despido que la ley establece, y su poderoso sindicato mantuvo como garra feudal de partes nobles a su jefe, y que les permitirá vivir con cierta holgura algunas semanas, hay otros en peor situación.

De los 123 millones de mexicanos de toda edad que habitamos el territorio, hay 17 millones 884 mil registrados en el Seguro Social, un poco más de la sexta parte. Es decir, tienen trabajo, pagan contribuciones y reciben el beneficio de la asistencia social, cualquiera que sea la calidad de ésta. De esos casi 18 millones de mexicanos, Excélsior dice que más de la mitad —esto es, diez millones 178 mil trabajadores— gana sueldos de seis mil pesos mensuales. El 57% de los afiliados al Seguro Social gana seis mil pesos mensuales para sostener a una familia.

Tal vez no sea necesario añadir nada más.

Sin embargo, como dice el famoso soneto de Renato Leduc sobre el tiempo, compuesto para ganar una apuesta sobre el hecho de que es imposible encontrar rima para esa palabra, hay que tener la sabia virtud de conocer el tiempo: a tiempo amar y desatarse a tiempo. O, como dijo centurias antes el libro del Eclesiastés en su capítulo tercero:

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo; hay tiempo de nacer y tiempo de morir. Tiempo de plantar y tiempo de segar. Hay tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de edificar.

“Hay tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de lamentarse y tiempo de danzar. Hay tiempo de lanzar piedras y tiempo de recogerlas. Hay tiempo de abrazarse y tiempo de separarse”.

No le sigo, porque los tecnócratas que nos gobiernan no entenderían el texto bíblico.

Tal vez fuere más fácil decirles que en esto de la economía lo que les está fallando es el timing.

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