La Carpeta:
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Hay una simbiosis entre el mundo del crimen y la farándula, ésta y los medios, o los medios y el crimen.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 19, 2016, 5:22 am

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Yo seré el viento que va,  navegaré por tu oscuridad, tú, rocío, beso frío, que me quemará…

Miguel Bosé, Seré tu amante bandido.

Al terminar el siglo XIX dicen que cuando abrieron en la capital de México el ataúd procedente de San Juan de Ulúa con los restos de Jesús Arriaga, conocido como Chucho el Roto (nada que ver con la pobreza; en el Porfiriato Los Rotos eran los catrines, los elegantes, como vestía y actuaba el bandido legendario), encontraron el cajón lleno de piedras. El ataúd lo había traído Matilde de Frizac, madre de María De los Dolores Arriaga de Frizac, hija de ambos,  cuyo tío, don Diego, había metido a la cárcel a Jesús, primero en la de Arcos de Belén en la Ciudad de México y luego en el penal de San Juan de Ulúa, Veracruz, de donde se fugó metido en un barril que en la cárcel ocasionalmente hacía las veces de letrina.

Guardémonos los símiles para después.

Alrededor del mismo tiempo (1888) un asesino en serie del distrito de Whitechapel en Londres, pasó a la historia del crimen como Jack El Destripador. Su nombre deriva de que mató a tres o cuatro mujeres, presuntas prostitutas callejeras, de cuyos cuerpos fueron extraídos los órganos del abdomen. También porque así, Jack The Ripper estaba firmada la carta que “alguien” envió a los medios, ávidos de historias de este tipo, para sustentar la fama de quien nunca pudo ser identificado ni capturado.

En el verano de 1942 un inteligente químico llamado Gregorio Cárdenas Hernández mató a cuatro mujeres jóvenes, tres de ellas prostitutas adolescentes, y enterró sus cuerpos en el jardín de su casa, lo que en medios le ganó el título de Goyo Cárdenas, “el estrangulador de Tacuba”. Su historia fue favorita de los periódicos por su proceso de regeneración supuesta, que lo llevó a morir en Los Ángeles, California, luego de que su caso fue estudiado por incipientes siquiatras.

El 28 de diciembre de 1938 el barítono chihuahuense Paco Sierra se casó con Esperanza Iris, la reina mexicana de la opereta. Él tenía 28 años, ella 50. Vivían en el piso superior del bello teatro que lleva el nombre de la diva, en la calle de Donceles. Sierra era lo que entonces se llamaba un cinturita; luego el nombre se devaluó y se convirtió en padrote. Hoy sería reo de tráfico de personas. Lo cierto es que un estafador experimentado de nombre Emilio Arellano Schetelige convenció a Paco de un negocio que les dejaría dos millones de aquellos pesos: contratar personal para un proyecto de una supuesta firma gringa en Oaxaca, comprarles a todos un seguro de vida, subirlos a un avión con una bomba dentro, hacerla estallar en vuelo y cobrar luego los seguros. El vuelo se retrasó, la bomba estalló a destiempo, el piloto diestro logró aterrizar en la base aérea militar de Santa Lucía y Paco Sierra y Arellano fueron a prisión. “Paco es inocente”, gritaba desde el escenario Esperanza Iris al final de sus interpretaciones.

Ejemplos hay más por todos lados.

Lo que de alguna manera hila a algunos de estos casos es la simbiótica que suele surgir entre el mundo del crimen y la farándula, ésta y los medios, o los medios y el crimen. Cualquier paralelismo entre el sonado caso de El Chapo Guzmán, su fuga, localización y entrevista por parte de actores conocidos, no es mera coincidencia: parecería ser fatalidad inevitable. Los bandidos suelen generar esa fascinación que la adrenalina segregada en exceso parece propiciar.

La vida es una escena, afirma William Shakespeare.

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