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El discurso de doña Margarita Zavala, precandidata de México de una tendencia dinástica que ya causó daños patrimoniales —¿o debiera decir, matrimoniales?— en Argentina, Filipinas y Centroamérica y que a México ya le hizo ojitos en la sucesión de Vicente Fox, sacó a la luz la descomposición que su marido ocasionó en la estructura y funcionamiento del PAN.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 27, 2016, 5:24 am

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Dicen que cuando de una casa el dinero sale por la puerta, el amor se va por la ventana. Nuestra casa común anda escasa de cash, como diría Zedillo. No nos asombremos, pues, por la crisis del romance.

Los procesos electorales mexicanos están por iniciar. Hasta el momento, y significativamente a partir del triunfo en Nuevo León de Jaime Heliodoro, se han significado por la fragmentación de unos partidos políticos y por el desprestigio de todos. El discurso de doña Margarita Zavala, precandidata de México de una tendencia dinástica que ya causó daños patrimoniales —¿o debiera decir, matrimoniales?— en Argentina, Filipinas y Centroamérica y que a México ya le hizo ojitos en la sucesión de Vicente Fox, sacó a la luz la descomposición que su marido ocasionó en la estructura y funcionamiento del PAN.

El partido de Acción Nacional, que fuera por años el más consistente de los organismos políticos, sucumbió a la idea de Felipe Calderón de potenciar numéricamente sus huestes de una manera pragmática, sin consideraciones ya no digamos al perfil ideológico de los recién llegados, pero ni siquiera a su perfil moral. El PAN, de esa suerte, incrementó su padrón, pero le dio credencial a quien la quiso. El partido, dividido hasta la agresión verbal, está pagando las consecuencias no solamente en la figura de Lucero Sánchez López, la diputada federal por Cosalá, Sinaloa, amiga de El Chapo Guzmán, sino en la gubernatura de Colima, manchada de bailes de cartoncito con ficheras patrocinadas por nosotros y videos subrepticios que adornaron el cochinero de esas elecciones.

El PRD no está mejor. Las diferentes tribus que lo integran son incapaces —seremos pocos, pero sectarios— de decidir entre una endeble ideología que sacó de sus filas a sus figuras más fuertes, de Cuauhtémoc a AMLO, y un pragmatismo incapaz de imponer su fuerza.

La crisis de los partidos no es exclusiva de México. En España, Mariano Rajoy se ha declarado incapaz de integrar gobierno sin transas —esto quiere decir alianzas— a partir de su pírrica victoria electoral reciente. La emergencia de partidos ciudadanos que se llaman Podemos y, precisamente, Ciudadanos, le puso en el callejón sin salida que ya conoce el PSOE. El auge de Donald Trump apunta igualmente a la desilusión que los ciudadanos estadunidenses tienen por los políticos tradicionales y sus partidos.

Como si alguna vez hubieran despertado ilusiones.

Parecería que a todo el mundo no le queda otra opción que la de inclinarse por el menos malo. Lo mismo ha pasado en Guatemala, en Argentina, en Venezuela y está pasando en México, Estados Unidos y España. El desencanto es generalizado.

Hay solamente dos instancias en que la guerra y la paz son igualmente los peores males: el amor y la política. La guerra es destructiva, desgastante, fatal. La paz es inacción, hastío, aburrimiento y ocio. Y ya se sabe que el ocio es el padre de todos los males. En la guerra y en el amor.

A los ciudadanos ya se nos olvidó el te quiero de los políticos, que venía envuelto en la retórica grandilocuente para unos o en la despensa, el refresco y la torta del acarreo para otros. Todo parece indicar que estamos al borde de una transformación de nuestro sistema político mundial. Eso que llamamos democracia está agotado.

Como en todas las crisis que la historia nos ha enseñado, eso puede ser una bendición o una tragedia.

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