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Dos años dentro de los que en México habrá otro mandatario y en Estados Unidos habrá otro Congreso.
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 13, 2017, 5:41 am

Nos guste o no, el modo ideal de comunicación de nuestros hijos jóvenes se llama Twitter y el verbo favorito de los contemporáneos es tuitear. Eso no es bueno, pero hay algo peor: la manera en que el presidente de Estados Unidos ha decidido hacer política, conducir su imagen y realizar negociaciones es el mensajeo de Twitter, que no admite más de 140 caracteres. Con espacios. El pajarillo azul, que es emblema de este medio de comunicación, tiene la virtud de la brevedad y el vicio de la inconsistencia.

En mensajes brevísimos, el presidente Trump ha llamado a sus vecinos del sur violadores, narcotraficantes y asesinos. Por el mismo vehículo ha lanzado sus bravatas y cometido sus garrafales errores, inclusive de sintaxis. Por el Twitter ha amenazado con destruir Corea del Norte, cosa que no hará, y con darle para atrás al TLC con México, que esperamos no haga.

Nuestros padres nos enseñaron que lo bueno, si breve, es dos veces bueno. Hoy podemos decir que lo malo, si breve, es dos veces malo. El sistema de comunicación propicia las confusiones y los equívocos. Ahí donde nos salimos de la zona del usted perdone.

Precisamente, por ello, debemos salirnos de la trampa trumpista del pajarito azul: hablemos las cosas claras, sin recovecos ni apodos. Si no quiere libre comercio con México que lo diga y que dé su orden ejecutiva. Una orden ejecutiva que tendrá que ser aprobada por el Congreso y que previamente tendría que haber sido aceptada por las fuerzas fácticas de su país. Porque Estados Unidos será el mayor damnificado si el TLC se acaba. Claro, dentro de dos años que va a tardar el trámite burocrático.

Dos años dentro de los que en México habrá otro mandatario y en Estados Unidos habrá otro Congreso.

No comas ansias, dice mi abuela.

PILÓN.- Fue necesario que cuatro muchachos alumnos de una de las instituciones de enseñanza superior más prestigiadas del país, el Tec de Monterrey, muriesen trágicamente para que nos empezáramos a dar cuenta del enorme cáncer de corrupción que ha invadido persistentemente la industria de la construcción en nuestro país.

El campus Ciudad de México de la institución regiomontana se abrió hace menos de 25 años por el rumbo de Tepepan en el sur de la ciudad. Su arquitectura es de reminiscencia colonial y sus edificaciones se suponían sólidas. La zona, en sí, de sustrato volcánico, es poco frecuentada por las sacudidas sísmicas. El 19 de septiembre de este año no fue así, unos pasillos peatonales que unían a los edificios del campus se desplomaron. Aparte de los muchachos muertos, hay casi medio centenar de heridos.

Pero el asunto no es ése: el complejo del Tec es de quince edificios. Solamente tres de ellos pueden ser utilizados por estar en condiciones óptimas.

Lo más importante es que la industria de la construcción, que inició su auge, como todo el país, en el sexenio alemanista, se acostumbró demasiado rápido a obtener grandes ganancias haciendo inversiones serias en el campo de los sobornos. El apoyo a las campañas de los candidatos a puestos de elección popular se cobra directa e insensiblemente en contratos de obra pública o privada una vez pasadas las elecciones.

En el caso de las construcciones privadas la cosa no es diferente, especialmente, si se trata de instituciones ricas —como el Tec— que tienen dirigentes igual de susceptibles a ser comprados como los funcionarios de gobierno. Hay 83 fraudes de constructoras bajo investigación de la Procuraduría de la CDMX. Algo así como una oportunidad de ocultar las heces fétidas del gato debajo de la alfombra.

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