La Carpeta:
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Todas las damas asistentes a los Globos de Oro, todas, vistieron de negro para expresar su protesta en contra del acoso sexual, que resulta están descubriendo en la industria del cine norteamerigringo.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 10, 2018, 6:34 pm

Everything about it is appealing, everything that traffic will allow. Nowhere could you get that happy feeling when you are stealing that extra bow… Irving Berlin, There´s no business like show business, 1946.

El 5 de marzo de 1973, cuando estaba supercantado que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood le iba a entregar su premio al mejor actor de cine del año anterior a Marlon Brando por su trabajo en El Padrino, el histrión mandó a una aspirante a serlo, disfrazada de aborigen de Norteamérica, a rechazarlo en su nombre. Ella dijo llamarse algo así como Sacheen “Pluma Pequeña” y leyó ante la enorme audiencia del espectáculo televisado una proclama en defensa de los derechos de los indios americanos. El brillo de la estrella de Brando andaba alicaído y con este acto el actor —que solamente obtuvo otro Oscar en 1954 por Nido de ratas— volvió a rutilar en el firmamento del cine.

Que la frontera entre la política y el espectáculo es muy difícil de establecer ya lo sabemos. El fin de semana pasado, los que manejan este binomio allá en el gabacho nos ratificaron la idea durante la entrega de los Globos de Oro, premio que, injustamente, se considera como anticipación de lo que serán los Oscares el mes que viene. Los Globos de Oro los otorgan los corresponsales de prensa de otros países acreditados ante la Academia de Hollywood, lo cual demerita mucho la capacidad de los juzgadores. Pero la ceremonia de su entrega es un espectáculo digno de verse.

El domingo pasado, todas las damas asistentes, todas, vistieron de negro —algunas con muy parecidos diseños de tules que dejaban ver las piernas, unas mejores que otras— para expresar su protesta en contra del acoso sexual, que ahora resulta que están descubriendo que existe en la industria del cine norteamerigringo. Algunas hicieron mención explícita de ello.

La que fue más vocal, coherente y eficiente de todas fue Oprah Winfrey, conductora de televisión en el formato de programa de entrevistas, con harto éxito durante muchos años. Y la más rica negra —allá les dicen afroamericanos— de Estados Unidos, la primera multimillonaria de esa raza, y para algunos la mujer de mayor influencia en el mundo.

Tan enjundiosa y bien estructurada estuvo su denuncia del agresivo machismo norteamericano y la necesidad de proseguir en la lucha en su contra, que varias voces de influencia se han apresurado a destaparla como precandidata demócrata a la Presidencia de Estados Unidos cuando Donald Trump termine su primer cuatrienio. No pocos recibieron con esperanzado optimismo esa idea de este lado de la frontera.

Aquí tenemos el vicio de creer que los gabachos comparten nuestra percepción de su Presidente. Como a nosotros Trump nos cae en la charola de los merengues, asumimos que en su país el sentimiento es igual. No hay tal. Con todo y sus tropelías de elefante en cristalería, su hedonismo barato y su narcisismo (“soy un genio estable”) incesante, Trump ha sabido hurgar en el patrioterismo norteamericano y les ha sabido prometer lo que todos queremos: mejores condiciones de vida al través de reformas fiscales, castigo a lo extranjero y promoción del empleo.

La pandilla intelectual o artística de Estados Unidos ha sido, desde el primer minuto, altamente crítica de Trump. No dejan de ser minoría. Las mujeres y los negros no lo son. Como tampoco lo son los hispanos ofendidos hasta el odio por el Presidente actual. En esa circunstancia, Oprah pudiera ser una alternativa inteligente al orate de la Casa Blanca. No hay otra figura entre los demócratas que llene esos zapatos, pero vencer al establishment político norteamericano no se antoja fácil ante una posible reelección de Donald.

Desde luego, yo fui de los que opinaron que los vecinos del norte no estaban maduros para tener un presidente negro. Ahora digo que no están maduros para una mujer presidente de esa raza.

En el mundo del espectáculo todo se vale.