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Con el paso de los meses, y luego de haber investigado y analizado el tema a detalle, sigo en mi postura, pero ya con más argumentos para ambos casos: No me gusta Uber, pero me opongo y condeno cualquier represión física contra ellos.
Eduardo A. Campos
enero 22, 2016, 5:37 am

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En algún editorial publicado en este espacio, ya había yo hecho una referencia al servicio que le dicen "Uber" y sin ahondar en el tema dejé entrever que a mí no me convencía ni me simpatizaba más que un taxi. También dejé claro que, a pesar de eso, de ninguna manera justificaba cualquier expresión de violencia contra los que promovían y operaban esta opción de transporte público.

Con el paso de los meses, y luego de haber investigado y analizado el tema a detalle, sigo en mi postura, pero ya con más argumentos para ambos casos: No me gusta Uber, pero me opongo y condeno cualquier represión física contra ellos. En otras palabras, no estoy en contra de que Uber busque su nicho en el mercado, pero yo no lo veo como una alternativa mejor o diferente a un taxi y –al contrario– le encuentro algunas desventajas que paso a enumerar.

1.- La cuestión de seguridad. En estos tiempos tan revueltos de secuestros, levantones y robos, a mí se me hace más importante que nunca que aquellos que estén involucrados en cualquier servicio público estén más coordinados, registrados e identificados por alguna autoridad. Yo prefiero un taxi con colores especiales y números visibles de identificación y, en lugar de taxistas anónimos, yo propondría que se hicieran obligatorios los tarjetones visibles de identificación de los choferes. O sea más control en lugar de menos control.

2.- Diferente nombre, pero mismo esquema. Uber se vendió como un servicio en el que carros nuevos de vecinos míos podrían ser utilizados por ellos mismos para ofrecer el transporte, pero según lo que me topé en mi investigación, en la práctica se trata de empresas de personas que compraron varios carros y, por ende, los que los manejan vienen siendo meros choferes salidos de quién sabe dónde, igual que cualquier taxi.

3.- Anarquía de cobros. Este debía ser mi primer argumento contra Uber, pues durante mi investigación en las últimas seis semanas utilicé el servicio Uber X para realizar el mismo trayecto dentro de San Pedro entre mi casa y el estudio de Calzada Política (y viceversa). Bueno, pues –ahí están los recibos electrónicos– en esos mismos tramos pagué dos veces 55 pesos, otra 69, otra 70, una más 95 y otra de ¡111 pesos! Lo peor del caso es que ningún chofer me pudo descifrar el misterio de los diferentes cobros, pues ninguno de ellos dijo conocer la política de precios que determina el celular. En este caso, más vale taxímetro a la vista, que fórmula secreta digital.

4.- Lo bueno y lo malo de la tecnología. Como usuario de iPhone me resultó muy conveniente la app de Uber para requerir un servicio, con sólo un par de "clicks" una vez que ya estás inscrito en el sistema. Sin embargo, la ventaja de la era digital se vuelve desventaja con las ubicaciones que dan los mapas que utiliza el servicio.

Ejemplos: Tecleando la dirección exacta del estudio, el mapa de Uber hacía que los choferes me llevaran una cuadra y media más adelante y nunca hubo manera de corregirlo. Además, el mapa en los teléfonos de Uber traza rutas que muchas veces no son las más eficientes y los choferes tienden a seguirlas, porque no conocen la ciudad o no aplican el sentido común. Pero el colmo fue cuando uno de ellos estuvo cinco minutos afuera de la casa de un vecino, porque según él ahí le marcaba el GPS que era mi dirección y nunca se le ocurrió voltear a ver los números de las casas para darse cuenta que estaba esperándome dos puertas más abajo.

En resumen, Uber no es la mejor opción para mí cuando requiero de ese servicio, aunque insisto en que no apoyo a los taxistas que quieren eliminar la competencia a base de ataques y trancazos. En todo caso, si ese modelo de negocio sigue existiendo y quiere continuar en el ramo, yo propondría que la autoridad los regulara de forma similar a los taxis, empezando por la forma en que fijan sus locas tarifas.

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