La Carpeta:
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Era lógico, el padre Macielera confesor del heredero de esa oficina y ese poder, además, el sacerdote era cabeza del sistema educacional que había fundado bajo la sábana eclesiástica de los Legionarios de Cristo. Poco tiempo después empezaron a llover las denuncias de quienes habían sufrido de los acosos sexuales del clérigo de quien se denunció más tarde era padre de más de dos.
FELIX CORTES CAMARILLO
noviembre 13, 2017, 7:34 am

Pero acuérdate, acuérdate, acuérdate,

                que en un tiempo tu amante yo fui.

Roberto Martínez, Pero acuérdate, acuérdate, acuérdate

La única vez que vi al famosísimo padre Maciel, menos conocido como Marcial Maciel Degollado, fundador en los años 40 de los Legionarios de Cristo, fue en la oficina de uno de mis exjefes, donde estaba la urna con sus cenizas, antes de que fuésemos todos a un estudio para una misa fúnebre. Era lógico, el padre Macielera confesor del heredero de esa oficina y ese poder, además, el sacerdote era cabeza del sistema educacional que había fundado bajo la sábana eclesiástica de los Legionarios de Cristo. Poco tiempo después empezaron a llover las denuncias de quienes habían sufrido de los acosos sexuales del clérigo de quien se denunció más tarde era padre de más de dos.

No es algo nuevo, me dijo ayer mi mujer, que en sus anteriores juventudes transitó por el campo de las actrices noveles, ésas que siguen andando deseosas de candilejas, y esos productores de televisión ávidos de sexo fácil, que todo sexo lo es. Siempre hay un quiid para un quo. Lo que a ella le inquieta y a mí me provoca sorna, es la memoris repentina. De repente, alguien se acuerda que hace un cuarto de siglo en su departamento, al cual fue invitado y accedió ir, el puto de Kevin Spacey le empezó a sobar la mano. 25 años después. De repente, famosísimas —algunas menos— actrices de Hollywood se acuerdan de que Harvey Weinstein, productor de algunas muy buenas películas de cine en Hollywood les pidió, para darles el papel estelar, las nalgas.

Algunas confiesan que se las dieron. Otras no lo confiesan. Son los males de la memoria, diría García Márquez. No debe sorprendernos que surjan muchachas y muchachos, bueno, de entonces, a los que se les provoque la memoria de que muchos de sus créditos tienen que ver con la pantaleta. Para nadie es sorpresa que este tipo de negociación de te doy y me las das es frecuente, usual y que no es exclusivo del mundo del espectáculo. Hay más de una secretaria que tuvo que ceder —hay unas que quisieron— a los impulsos hormonales del jefe. Por ahí anda el índice de las madres solteras. Por eso nos resulta interesante que la memoria salga a la luz, precisamente, ahora. ¿Si te llevaron a la cámara por el camino de la recámara, por qué lo recuerdas hasta hoy? Nunca lo denunciaste. ¿Tal vez porque disfrutaste de los placeres del colchón? ¿Y de sus consecuencias? Es seguro de que ahora muchas y muchos que deben su fama y fortuna a los favores sexuales de un día, que ahora viene a su memoria, tengan esa remembranza. Serán flores de un día y portada de TVNotas.

PILÓN.-La segunda vez que conocí a Juan José Arreola —porque adolescente yo había leído su Confabulario y el cuento aquel del Guardavías me había orientado premonitoriamente a Praga y a Kafka— había yo visitado su casa la víspera de mi odisea europea de la mano de la poeta Rita Murúa. Él hizo una mueca expresivísima cuando le contesté que yo no jugaba ni ping pong ni ajedrez, que fuera de la literatura fueron sus grandes aficiones. Aún así me admitió en su casa, cerca de donde hoy pasa una dizque rápida vialidad. No se lo dije, pero gracias a Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Juan José Arreola yo aprendí a leer, antes de graduarme en Praga con Dostoievski, Tolstoi, Balzac, Rilke, Baudelaire, Lewis Carroll, el indispensable Cervantes y la pandilla cuya lista es interminable. Pero gracias a Juan José Arreola —sí en bicicleta y de capa negra— la imagen del intelectual cambió de capacete para nosotros y se convirtió en comunicador, un enlace entre los que piensan y los que consumimos el pensamiento. Antes lo había intentado, en el monstruo televisivo, Salvador Novo y el queridísimo Octavio Paz, para denuesto de los “intelectuales”. Juan José Arreola lo logró. Afortunadamente los que piensan pueden salir en televisión. Claro, los que tienen miedo se ocultan en el Facebook.

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