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Claro, todo esto es historia y México busca ahora “poner los cimientos de una plataforma donde edificar un hermoso futuro de amor y paz”, como dice Serrat en su canción. Todo sea como eso.
Eloy Garza
octubre 16, 2017, 7:17 pm

El Estado en México no ocupó fortalecerse en la segunda mitad del siglo XIX para cobrar impuestos. De hecho, los Estados débiles, inestables o en gestación, como lo era el mexicano en esas épocas, buscan saquear cínicamente los bolsillos de los ciudadanos, sin cuentos ni dilaciones. Las aduanas, por ejemplo, no se abrían sólo para el tráfico de personas y productos en las fronteras. Había una aduana en la entrada de cada ciudad importante y en cada puerto marítimo, fuera Tampico, Veracruz o Acapulco.

Al pobre viajero que osara entrar a México, Puebla, Querétaro o Zacatecas, el gobierno federal le exigía un tributo por cada objeto personal que llevara cargando. Si mostraba un pago previo, se lo rompían en la cara y volvían a cobrarle. De manera que se tenía que viajar con al menos cien pesos para darle cincuenta a los ladrones y otros cincuenta al oficial de la aduana. Curiosamente Yucatán estaba al margen de esa corrupción. Viajar a Mérida era en aquel entonces un recorrido relativamente tranquilo.

Como pasa en la actualidad con muchas autopistas, el Estado atravesaba los ingresos futuros de esas aduanas para pedir créditos extranjeros. El Presidente Miguel Miramón, por ejemplo, llegó a comprometer en tiempo récord todas las alcabalas de su efímero gobierno (1859-1860), para pedir prestado a varios bancos ingleses y franceses, que luego nos invadían con el pretexto de cobrarnos.

Hasta los salteadores de caminos en México, sobre todo los que asolaban el principal que era el de México- Veracruz, formaban parte de esa burocracia venal. Los ladrones pagaban permisos semi oficiales para delinquir, ocultos en los desfiladeros o recodo, cuando no eran directamente los jefes de la banda. Los bandidos dividían las ganancias de los asaltos a diligencias y carruajes con el gobernador del Estado donde cometían sus fechorías (nada distante a lo qué pasa actualmente). La Acordada funcionó más como cortina de protección de las gavillas, que como garantes de la Ley.

Claro, todo esto es historia y México busca ahora “poner los cimientos de una plataforma donde edificar un hermoso futuro de amor y paz”, como dice Serrat en su canción. Todo sea como eso.

 
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