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Pocas veces (ahora cada vez menos) el teatro alcanza niveles de excelencia. En Buenos Aires abundan las opciones de salas de teatro con buenos montajes, como también sucede en la Ciudad de México. Pero en ocasiones, pese a la reñida competencia, aparece en la cartelera diamantes en bruto...
Eloy Garza
enero 26, 2016, 5:46 am

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Pocas veces (ahora cada vez menos) el teatro alcanza niveles de excelencia. En Buenos Aires abundan las opciones de salas de teatro con buenos montajes, como también sucede en la Ciudad de México. Pero en ocasiones, pese a la reñida competencia, aparece en la cartelera diamantes en bruto. Uno de estos es “Yo soy mi propia mujer”, monólogo del dramaturgo Doug Wright, que ganó el Premio Pulitzer, interpretado por el actor argentino Julio Chávez, que en hora y media acomete el portento de desdoblarse en 35 personajes.

La experiencia para el espectador es inolvidable. La obra fue montada también en México hace algunos años con la actuación destacada de Héctor Bonilla. Pero Chávez luce magistral en el papel; es suyo, con sus finos detalles para cada personaje, con su dominio escénico y su dicción única, que cambia de registro y acento en un santiamén y nos lleva de la risa al llanto de un instante a otro. A final, un público entregado ovacionó a Chávez durante varios minutos.

La historia en sí misma es real y atrapante: Lothar Berfelde (a quien Chavez presta naturalidad y carisma) nació varón en 1928, rubio y amante de los vestidos femeninos; hijo de un soldado nazi cuya frustración de no ser ascendido por la SS lo llevó a hacer de su casa un cuartel militar. El padre de Lothar lo golpeaba frecuentemente. Igual que a su madre, mujer sensible pero sumisa. Era inadmisible que, pese a su espíritu delicado, Lothar no respondiera a la agresión paterna. Hasta que un día tomó un rodillo para amasar pan y mató a azotes a su padre. El tribunal emitió el veredicto de legítima defensa.

A partir de ese incidente traumático, Lothar se sintió libre para ejercer su afición a las antigüedades, especialmente a los gramófonos y los relojes de la Bella Época. También se cambió de sexo, se hizo mujer y modificó su nombre. Desde entonces sería conocido como Charlotte von Mahlsdorf, coleccionista y travesti. Con su nueva identidad, doña Charlotte fundó el museo Gründerzeit. Cuando visité Berlín, no dudé en tomar un tren para visitar este almacén barroco de muebles salvados del espolio nazi, comprado a judíos y adquirido en ventas de saldo. Ese gusto para las antigüedades hizo que el gobierno de la Alemania reunificada condecorase a Charlotte en 1992.

Tras su muerte se supo que la vida de Charlotte no estuvo exenta de claroscuros. Se dice que colaboró con la Stasi, la policía política de Alemania del Este. Y que una buena parte de sus muebles fueron arrebatados a judíos deportados a campos de concentración.

Sin embargo, guardo en mi memoria un párrafo de su autobiografía que la retrata de pies a cabeza: “Siempre contarán con mi amor y ternura aquellos que se defienden de un mundo que les es hostil, aquellos que, como yo, son marginados. Siempre tomaré partido por ellos: por las putas de la calle y sus sueños, por los chicos que se prostituyen sin tener siquiera edad para ello; por los gays y gitanos y, por supuesto, por los judíos. En lo más hondo de mi ser anida un sentimiento de justicia y me siento afín a todos aquellos que se hallan al margen de la sociedad. No debería haber nadie que se levante por encima de los demás”.

Charlotte von Mahlsdorf murió de un ataque al corazón en 2012, en el dormitorio de su propio museo; fue protagonista de casi todos los hechos que marcaron para bien y para mal el turbulento siglo XX. Julio Chavez, el incomparable actor argentino levanta inventario de cada uno de estos pasajes, consciente de hacer partícipes a los espectadores de la historia y, al mismo tiempo, haciendo historia con sus brillantes dotes escénicas.

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