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Hoy es un barrio en donde, paradójicamente, conviven el tráfico de drogas al menudeo, la prostitución, un par de tiendas de curiosidades para el turismo escaso, algunos establecimientos gay y un esbozo de lo que pudiera llamarse Koreatown.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 5, 2018, 6:41 am

Desde Balenciaga hasta Macazaga,

           muévete gordita quieres dolce vita.

           Niza y Hamburgo con paraguas de Cherburgo.

           Génova, Londres, Reforma, la elegancia se transforma.

           Zona Rosa, Los Tepetatles.

El perímetro delimitado por las avenidas Reforma, Chapultepec, Insurgentes y la calle de Salamanca es conocido desde los años setenta como la Zona Rosa. Dícese que así la bautizó José Luis Cuevas, uno de sus promotores, arguyendo que era demasiado tímida para ser zona roja y demasiado frívola para ser llamada blanca. Entre 1950 y 1970 vivió su auge con intensa vida bohemia, turística y de espectáculo ligero. Eran los tiempos del boom intelectual y literario que había protagonizado Carlos Monsiváis y había sido prefigurado por novelas como La región más transparente y Las buenas conciencias del gran Fuentes. Luego vino la transformación de la glorieta de los Insurgentes en una gran estación del Metro, que trajo un flujo inmenso de peatones que, junto a otros factores, transformó el espíritu, ambiente, composición social y vocación urbana de ese sector.

Hoy es un barrio en donde, paradójicamente, conviven el tráfico de drogas al menudeo, la prostitución, un par de tiendas de curiosidades para el turismo escaso, algunos establecimientos gay y un esbozo de lo que pudiera llamarse Koreatown.

La más reciente versión de la saga de películas cobijadas bajo el nombre del agente 007 contiene una larga secuencia inicial filmada en el centro de la Ciudad de México, supuestamente, durante la fiesta del Día de Muertos, cuando Hollywood comenzaba a descubrirla. Si los grandes productores del cine estadunidense quisieran hacer una película con el fondo escenográfico de una ciudad en ruinas tras un bombardeo criminal, no tendrían que ir muy lejos. Ahí está la Zona Rosa, que está celebrando dos fechas. Hace un año que comenzó la rehabilitación urbana de su territorio y hace tres meses y medio fue dañada por los sismos de septiembre 19.

Las obras de rehabilitación no han terminado, las de reconstrucción, por el sismo, no comienzan. En diciembre iba a estar lista la nueva Zona Rosa a un costo de 200 millones de pesos. No hay tal. El exdelegado, Ricardo Monreal, prometió que sería en 2018 cuando la rehabilitación fuese terminada. Fuerza mayor, claro.

Las calles de Amberes, Liverpool, Londres, Varsovia, Praga y Hamburgo están encueradas de pavimentos. En Génova 33 y Liverpool 112 dos edificios quedaron fuertemente dañados. No han sido tocados ni por el pétalo de un mano de chango, aunque en cualquier momento pueden venirse abajo con un ventarrón de mediana fuerza. Sin embargo, hay decenas de edificios que conservan a la calle sus fachadas bastante presentables, pero que en sus entrañas esconden daños estructurales. El negocio de las certificaciones que habilitan a sus propietarios para recibir los cacareados apoyos de los gobiernos citadino y federal para reconstruir sus hogares, ha creado grupos de nuevos ricos y de damnificados en desesperación.

Al fin y al cabo es año de elecciones. La gente está ocupada en otras cosas y cuando pase el primer domingo de julio tendrá otras preocupaciones. Eso es lo que piensan los políticos que gobiernan, apostando a que la cuenta la pagará el que sigue.

Ése es el error que tradicionalmente han cometido en ésta y en otras zonas del país, cuyos tonos de calentamiento suben, abandonando peligrosamente el rosa.