Tan lejana nos es la herramienta política que el presidente Trump amenaza con emplear de nuevo este fin de semana, que ni siquiera tenemos una correcta traducción para ella. Shutdown puede decirse en español cierre, paro, abandono, suspensión, pero ninguna de esas palabras define el fenómeno que año con año el presidente de los Estados Unidos puede usar para presionar al Congreso cuando se trata de aprobarle, generalmente, el presupuesto de egresos del año siguiente.

Por lo general, el cese parcial de actividades del gobierno de Estados Unidos ni dura más de dos semanas ni se da todos los años; solamente cuando la tensión entre la Casa Blanca y el Capitolio ha escalado, entonces, el presidente cierra, parcialmente, la administración y pone a parir a millones de servidores públicos. No es que la totalidad de las oficinas de la administración cierre; los servicios elementales de salud, seguridad, finanzas y otros siguen como si nada. Tampoco el partial shutdown significa que los burócratas que dejan de ir a sus oficinas pierdan su salario. Una vez restablecido el orden natural de cosas, podrán cobrar retroactivos sus emolumentos. De todas formas, es una manera light de una crisis seria.

En esta ocasión, el asunto es más serio porque el principal motivo para el cese de actividades tiene que ver con nosotros: la negativa del Congreso a autorizarle los fondos al presidente de Estados Unidos para la construcción de su muro en nuestra frontera es el principal obstáculo para readquirir la normalidad. Y no parece que se resuelva en estos días.

La clave para aliviar la tensión del Congreso y el presidente Trump está muy lejos de la frontera con México; se encuentra a la vez en Caracas y la Florida, está a punto de estallar y tiene que ver con el tomate de nuestro país y con el senador ultraconservador y republicano Marco Rubio. Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y senador por la Florida, ha sido el más agresivo opositor del régimen de Maduro en Caracas; si por él fuera, los marines ya hubieran invadido Venezuela.

El jitomate mexicano es la primera exportación agrícola de México a los Estados Unidos. El año pasado, sin que la administración que venía de López Obrador se diera cuenta, se venció el acuerdo que rige la venta de jitomate mexicano a los Estados Unidos. Los funcionarios de Peña lo dejaron pasar, por incompetencia u omisión intencional. Lo cierto es que Rubio está muy consciente de este artilugio, pero también sabe perfectamente que Florida es uno de los estados que, con su producción, completa el abasto de ese fruto a las mesas norteamericanas. Además, que con el curso de los acontecimientos políticos recientes, Florida es un almácigo enorme no solamente de plantas de jitomate, sino también de votos de exilados cubanos y venezolanos. Hay más de tres millones de venezolanos fuera de su país, prófugos de Maduro.

Marco Rubio quiere ser presidente de los Estados Unidos. Lo intentó y fracasó en las elecciones pasadas; esta vez, su apuesta es la lucha contra el dictadorzuelo venezolano y el apoyo de los agricultores de la Florida.

De ahí las críticas ácidas de Rubio hacia la política de México en torno a la crisis del país del Arauca vibrador; la radicalización del combate al régimen que Chávez le heredó a Nicolás Maduro son solamente votos que van abonando cada vez más al proyecto político de los republicanos, cuando el partido demócrata no se ha podido recuperar de la derrota de Hillary Clinton.

Todo parece apuntar a una cocina desaliñada en donde hacen falta blanquillos para sacar adelante una mayonesa digna. Y a este pico de gallo le sobra jitomate, pero le falta chile. No es previsible que la política exterior mexicana ceda a las presiones, ya sean de Trump o de Rubio.

Pero de que no nos va a ir bien, no nos va a ir.