El “pastelazo” tiene su origen en el periodo renacentista de la Edad Media. El recurso de la violencia física para provocar la risa termina convirtiéndose en un subgénero de la comedia que en México encontró a sus mejores expositores primero en la carpa y posteriormente en el cine a mediados del siglo pasado, siendo la pareja de Viruta y Capulina uno de sus principales exponentes y que después lo trasladaron a la TV.

A pesar de todos los años transcurridos, diese la impresión de que Paco Ignacio Taibo II, el encargado del despacho del Fondo de Cultura Económica, se aferra al famoso “slapstick” para llamar la atención de los medios y con ello justificar su trabajo en el Gobierno.

Porque al final las incendiarias declaraciones de Taibo no son otra cosa que un “pastelazo”, una forma de simular la violencia para sorprender a la audiencia y aunque no existe un fondo real ni un golpe verdadero, es necesario conceder que la mancha y el daño que causan terminan existiendo.

Desde que se supo de su posible llegada al FCE, el formato ha sido una constante. Ruido, explosividad, artificio sin mucho fondo, porque o no hay seguimiento y cuando se da resulta que las cosas no eran como las planteó el editor de libros del gobierno.

En su más reciente “pastelazo”, que no el último ya lo verán, Taibo II se lanzó con furia sobre la Feria del Libro de Guadalajara y dijo que el Fondo no tenía ni debía pagar 9 millones de pesos en “gastos inútiles, fastuosos, cocteles y tonterías”.

Pero como el “pastelazo” de Viruta y Capulina, de inmediato el efecto sorpresa pasó y todos nos dimos cuenta de que era simple merengue de pastel, porque los organizadores de la FIL le sacaron cuentas y documentos para demostrar que la inversión era tan sólo de una tercera parte y había sido decisión de las propias autoridades del FCE.

Como en el “pastelazo” se exagera la realidad y aquí la exageración fue elevada a la segunda potencia triplicándola sin necesidad ni objeto alguno. Tan fácil que era reducir los espacios, montos y expectativas, ceñirse a la austeridad republicana de este gobierno y proponer un esquema con objetivos tangibles y medibles; pero no, había que dar la nota y en eso Taibo se ha convertido en un especialista.

Alguien debería explicarle que su trabajo no es el ser fiscal y que si encuentra actos de corrupción su obligación es denunciarlos, no ventilarlos en los medios en declaraciones ocurrentes y estrambóticas.

El servidor público está obligado a cumplir y hacer cumplir la ley, así como a conducirse con verdad, del mismo modo que lo ha repetido una y otra vez el Presidente López Obrador, gobernar sin mentiras, pero pareciera que esta parte no la han comprendido bien algunos de sus funcionarios.

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