En mala hora se le ocurrió a AMLO decir que 2019 será el año de Emiliano Zapata. Muchos de sus adversarios de prensa dedicaron sus artículos de la semana pasada a decir que Zapata no es digno de su mito. O sea que, por tal de pegarle a AMLO (yo también lo critico pero no con inocentadas) se quieren llevar de encuentro al Caudillo del Sur.

Por ejemplo, dicen que Zapata no supo expresar para la inmortalidad ninguna frase matona, célebre: “Tierra y Libertad” no fue invención suya, “La tierra es de quien la trabaja” tampoco. ¿Pero desde cuando un luchador social del calibre de Zapata queda descalificado por no saber fabricar citas con registro copyright, que luego se escriban con letras de oro en el H. Congreso de la Unión?

Otros historiadores denuncian que Zapata usaba trajes lujosos de charro adinerado, y eso no embonaba con sus ideas libertarias. Como quien dice, era un farsante.

Parémonos en este punto: si el lector se saca una foto de estudio, seguramente vestirá su mejor tacuche. Al fotografiarlos, o filmarlos. todos los revolucionarios eran un poco vanidosos. Hasta Pancho Villa. Esto no quiere decir que cuando liberó Cuautla, Villa de Ayala o Jojutla, don Emiliano lo hiciera con el pelo engominado, con cara de galán de cine, cantando “Como quien pierde una estrella” y con un traje de charro cosido con hilos de oro. Una cosa es posar y otra muy distinta pelear.

El colmo ha sido Héctor Aguilar Camín: denuncia que durante el encuentro de Zapata con Pancho Villa en Xochimilco, el primero no ofreció un brindis con aguardiente, tequila, o mezcal, sino ¡con coñac!

¿Por qué Zapata prefirió un coñac esa memorable tarde? ¿Era en el fondo era un fifi? ¿Un falso redentor?”. ¿Y qué tal si más bien, el coñac era la botella que tenía más a la mano (o la única) en ese salón incautado al enemigo?

Sin embargo, la peor denuncia en estos días en contra de don Emiliano es que era maricón. Se le cae así — dicen estos críticos — la careta de macho, de entrón, de bravío que ostentaba Zapata.

Si el suriano era homosexual, bisexual o trisexual, es cosa que debe valernos madre. Es más: sería muy reivindicatorio para la lucha de los derechos humanos, que el ídolo de Morelos fuera gay. ¡Qué bueno fuera! Ahora bien, ¿de dónde viene el chisme? De unas anotaciones al vuelo que hizo la hija de don Porfirio Díaz, enemiga jurada del zapatismo y que para exhibir a su marido — este sí gay de clóset del Club de los 41 — soltó mil y un infundios del mismo tenor. Cuidado con las esposas despechadas. Aguilar Camín remata su anti-zapatismo, alegando que Zapata forma parte de esa constelación de héroes mexicanos derrotados, fracasados, que tanto nos gusta admirar al pueblo de México. O sea, ya ni friega don Emiliano: ¿cómo dejó que lo asesinaran? Seguramente lo hizo nada más por molestar a Aguilar Camín y a todos los demás intelectuales obsesionados con encuerar a un héroe que representa un ideal colectivo, ese sí, alcanzado por muy pocos de su talla histórica y su raigambre moral.