En su libro Balón dividido, Juan Villoro dice que “cuando las gradas enmudecen, confirman que el silencio siempre juega de local”.

El sábado pasado, en el nuevo estadio de beisbol, el visitante Andrés Manuel López Obrador no pudo enmudecer al graderío que le era hostil desde que pisó la cancha. Intentó dominar a la masa con un chiste —el de la porra fifí— y logró exactamente lo contrario: que la gente abucheara todavía con más potencia.

Lo cierto es que el político nunca será local en un estadio, excepto que lo alquile para un mitin controlado por su propio equipo —lo hizo Andrés Manuel con el Azteca para el cierre de su campaña; lo han hecho otros antes que el actual presidente de México.

El estadio es el recinto destinado a la práctica del deporte. Esto es así desde la antigua Grecia. No olvidemos que la palabra viene del griego στάδιον (stádion). Originalmente “estadio” era el lugar en el que se celebraban carreras y competencias de lucha.

En el futbol —supongo que también en el beisbol— jugar de visitante es muy difícil.

Los equipos de Inglaterra, conscientes de lo anterior, inventaron una fórmula para ganar campeonatos: la “media inglesa”, esto es, ganar de local y empatar de visitante.

El sábado Andrés Manuel, acostumbrado desde que es presidente a ganar por paliza jugando en su terreno —el de la conferencia de prensa, el del mitin, el de andar por el aeropuerto como cualquier ciudadano—, salió a buscar la victoria en el estadio de beisbol de Alfredo Harp. Perdió. Lo poncharon.

No debe el presidente de México pensar que va a ganar siempre y en todos los terrenos. El del deporte espectáculo, desde luego, no es un terreno que le favorezca, por más que sea un apasionado promotor del beisbol.

Puede AMLO acudir al estadio y jugar para el empate. Es decir, presentarse como simple aficionado y dejarse apapachar por la gente que tenga cerca, la que se siente a su lado, la que salude al caminar por los pasillos. Nada más.

Es que, aceptémoslo, ni Andrés Manuel puede obligar a que no reaccionen con molestia las personas que pagaron un boleto para ver beisbol si, carajo, antes del espectáculo se programa un discurso político. El sábado fueron dos: el del empresario Harp y el del presidente mexicano.

Por lo demás, el abucheo no puede tomarse como una expresión de rechazo al presidente de la República o a su gobierno. Claro que no.

Es falso lo que dijo Felipe Calderón de que “lo del estadio pudo haber sido un desahogo”. ¿Desahogo? Eso quisiera el esposo de Margarita Zavala, que los silbidos y los gritos hubiesen sido la “manifestación violenta de un estado de ánimo”. No hubo tal.

Calderón, al criticar el “desahogo” pretende dar a entender que hay gente muy enojada con el nuevo gobierno que aprovecha el anonimato de las gradas para expresar su inconformidad. No, señor.

Porque, lógicamente no se trató de eso. La gente abucheó simple y sencillamente porque no pagó para ver una ceremonia de inauguración política. Así de fácil.

Habría sido bien recibida una inauguración festiva, por ejemplo con acróbatas del Cirque du Soleil o con cantantes famosos. Pero, ¿un discurso?

Tampoco es cierto, como han dicho Calderón y otras personas, que el presidente de México no “respetó” al público al hablar de la porra fifí.

Ante lo inesperado del abucheo, Andrés quiso salir del problema bromeando con una expresión que él puso de moda. Pero esta vez no le salió el truco porque, en esa cancha, la del deporte espectáculo, la gente no quiere saber nada de política.

En resumidas cuentas, si AMLO quiere volver al beisbol debe ir a buscar el empate. Esto es, a ver el juego como cualquier aficionado sin intentar hacer del estadio un mitin. Exactamente lo que hace en los aeropuertos, donde es un pasajero más.

Oportunidades de ganar de local le sobran. No tiene ninguna necesidad de arriesgar de visitante.

La media inglesa le viene a la perfección al presidente López Obrador.

@FedericoArreola

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