El Presidente se está saliendo con la suya. No es un pícaro con suerte, es un disruptor: rompe esquemas, amenaza con demoler el establishment, confronta a la clase política tradicional. Dice que está desazolvando el pantano del poder y su discurso apunta a gayola, al pueblo llano, a su nicho electoral, no a la bolsa de valores. Es inmune a las barbaridades que suelta sin ton ni son. Puede decir lo que sea, lo que quiera, y sus fieles seguidores lo aplaudirán ciegamente. En su fuero interno, le tienen sin cuidado los mercados. Acierta con sus gestos y discursos a ser tildado de populista. En el fondo, le gusta el calificativo: se regodea con él, le produce un malsano y picoso placer.

Frente al pódium donde pontifica a diario, apenas se despierta porque duerme muy poco, profiere con palabras elementales su eterno soliloquio, replicado en sus benditas redes sociales. Y una oposición atarantada, como pollo sin cabeza, como vaca sin cencerro, da vueltas en redondo, se tropieza con sus pies, una y otra vez. Cada día le vaticinan al mandatario su declive, le subrayan su ignorancia y atrabancamiento, su cabeza hueca y su necedad; y cada noche se afianza machaconamente en el respaldo de su base electoral. Lo abuchean y maltratan en el campo deportivo, y sus enemigos creen que esta es una encuesta instantánea, fulminante, cuando no es más que una simple anécdota que consignan los periódicos, y de los que el Presidente se defiende con desdén, sinceramente ofendido.

Con ese paso, al ritmo de su trote, muchos analistas le auguramos su inminente reelección en el poder. Será reelecto. No habrá adversidad que lo disuada, ni adversario que lo descoloque de su pista de lanzamiento. Repetirá su periodo presidencial, así acabe como viejo carcamán, como momia achacosa, su segundo periodo, aunque chillen las buenas conciencias, y se indignen los demócratas de corazón, y un segmento de la prensa insistamos con que es la resurrección del poder fascista. Contra viento y marea, a todas luces, a tambor batiente, el afortunado mandatario lleva todas las de ganar. La trama rusa, en donde lo implicaron como principal sospechoso, se ha sumido en una nebulosa exoneración. Donald Trump ya libró definitivamente la tormenta de los tribunales. Contra todo pronóstico, el Pentágono destinará recursos millonarios para levantar el controvertido muro. La Cámara baja tampoco pudo revertir la declaración de Trump de emergencia nacional que agenciará dinero para su valla fronteriza. El muro va porque va. La suerte, la casualidad o el menosprecio general de la astucia innata de Donald Trump lo amarrarán a la silla presidencial. Nos guste o no nos guste, Trump es hoy por hoy un maldito ganador. Y otro mandatario sigue sus pasos, imitándolo en sus desplantes de bufón, en el mismo continente, con la misma alineación de astros: el brasileño Jair Messias Bolsonaro. Ya se ve que Dios los cría y ellos se juntan.

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