Por Verónica Malo Guzmán

“Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.” Otto Von Bismarck

Aquel ejecutivo federal miente, miente y sigue mintiendo, y no pasa nada. Él igual que otros de sus homónimos de diversas naciones del orbe. Esto no es nuevo; por supuesto antes ocurría, pero antes al menos era mal visto. Ahora los mandatarios se pueden dedicar a mentir pues ello ya no se traduce en ningún escándalo.

Se ha comenzado a normalizar que el presidente mienta de forma tan descarada y con tanta libertad. Se ha vuelto una recurrencia en la forma en que se conduce y es tal el desparpajo, que pareciera que es natural mentir y hacerlo tanto.

La historia del NO mentir

A través de los años y las culturas, el acto de mentir siempre se ha visto como uno de los peores vicios del ser humano. Desde una de las primeras leyes de origen judío, en los 10 mandamientos, donde se establece el “no mentirás ni darás falso testimonio”. O con la tradición cristiana donde Pedro niega a Jesús cuatro veces antes de que cante el gallo. O con el Cid Campeador, que regresa de la guerra a pagarle a los judíos y recuperar su palabra empeñada. Si bien dejó piedras en lugar de joyas, su retorno se basa en decir la verdad de lo que había hecho y pagar lo que debía. El punto es que la palabra tenía valor; por eso se empañaba, y se tenía que hacer frente a lo dicho.

El demostrar lo dañino de la mentira alcanza incluso cuentos como Pinocho, donde al muñeco le crece la nariz con cada nueva falsedad. Hasta que el petimetre de madera aprende a hablar con la verdad, su nariz deja de crecerle. Sería increíble que a cualquier mentiroso le creciera la nariz como forma de saber quién nos miente; habría muchos. 

Tal vez, la que ilustra de mejor manera la razón para no decir mentiras es la anécdota (apócrifa) de George Washington cuando era niño y cortó el árbol de cerezos de su padre. Al cuestionarle al pequeño, éste dice la verdad; entonces, el padre olvida el enojo por la mala acción realizada y felicita a su hijo por saber afrontar la realidad y no mentir.

La leyenda resultaba útil para incidir en la necesidad de tener un líder honesto y que no mintiera, la palabra valía y se le exigía a los mandatarios hablar con la verdad. Lejanos tiempos aquellos.

Trump y las mentiras

No, las mentiras no empezaron con él, pero se volvió en uno de los líderes de los tiempos modernos que más ha mentido sin ningún tipo de consecuencias. El último gran mentiroso de Estados Unidos, Nixon, tuvo que renunciar a continuar como presidente de dicha nación, pues lo habían cachado en demasiadas mentiras.

Así hace menos de 50 años, el honor y la palabra valían. Uno sabía que podía hablar con jefes de Estado o tenderos que no dirían mentiras, y si lo hacían, afrontarían los costos.

Hoy, Trump no se cansa de mentir y volver a mentir. Tan es así, que el periódico The Washington Post le lleva un contador de todas las falsedades y medias verdades que dice. El número es impresionante y cada semana continúa creciendo. Desafortunadamente, más allá de dicha relación y un puñado de estadounidenses, todo el mundo deja pasar las mentiras naranjas. No solo en su patria, en el mundo se le permite decir cuanta falsedad se le antoja y nadie le pone un alto a su retahíla de historias inventadas. Eso sí, el acuñó el término “fake news” para desprestigiar a la prensa que osa criticarlo.

Con singular desparpajo aumentó el uso de combustibles fósiles, en especial del carbón, para generar energía eléctrica, cuando resulta ser la más contaminante posible. Total, como la quería usar, dijo que casi no contaminaba.

O, después de su primera reunión con el otro de copete ridículo, el presidente de Corea del Norte, Trump dijo que se ponía fin a todo proyecto norcoreano de construir armas nucleares. Rápidamente, los coreanos demostraron que lo dicho no era cierto.

Sin olvidar cuando recibió a los pastores cristianos en la Casa Blanca, para agradecerles su apoyo y pedirles le ayudaran a dar a conocer sus valores. La mentira radica en que Trump insiste en un gobierno lejano a la religión, pero a la menor provocación le pide a las iglesias que lo apoyen.

También miente cuando dice que él no hará negocio desde su posición, pero sus hijos lo están haciendo en su nombre con todo el mundo –literal. O cuando culpa a los migrantes de todos los males de Estados Unidos

El querer construir un muro, tan caro como inservible y decir que con esa acción Estados Unidos crecerá. Y miente cuando da un costo aproximado del muro y todo el mundo sabe que saldría al menos cuatro veces más caro.

Levanta falsos contra los militares, especialmente diciendo que él fue igual de valiente que ellos en Vietnam. Su odio hacia los militares se ve acotado tan solo por todo lo que requiere de ellos.

Cuando dice que es un “defensor de la democracia”, pero hace todo por vulnerar los organismos del gobierno norteamericano.

También miente cuando dice que defiende a las mujeres, pero les quita fondos a organismos privados que ven por las damas porque apoyan el aborto.

Miente tanto que sus mentiras han dejado de impactar a todos. Y si bien se le considera un mentiroso –porque lo es– nadie le exige que deje de decir mentiras y lo que es peor, tampoco se le exige a dejar el cargo y pagar por sus dichos.

La palabra

Así, la palabra de un primer mandatario ya no vale nada. A eso se ha llegado. Y al ser todo tan desacreditado, nada es relevante. Lo que debiera importar, ya no importa. La época de la post-verdad ha lanzado al basurero siglos de un valor/necesidad intrínseca: la verdad.

Desde las gasolineras que no ponen los “litros de a litro” hasta la descomposición social donde inicia donde la ley en la práctica no existe no existe y no pasa nada.

Allí el punto medular: si no pasa nada ante la mentira consuetudinaria, ¿dónde queda el fundamente de una sociedad? ¿Cómo exigir a la sociedad respetar la verdad si sus líderes no son capaces de hacerlo?

Tal vez estamos ante una crisis mundial del valor de la verdad como basamento. Una realidad donde pesa más la voluntad de un grupo de individuos, que las necesidades de un país (Inglaterra con sus parlamentarios y el cada vez más doloroso Brexit, por ejemplo).

Si la verdad ya no tiene valor, ¿en qué basa el gobierno y la sociedad su actuar? ¿Qué pasa cuando la ciudadanía ya no valora la verdad y no le da la importancia a la palabra, a la ley, a las cifras, a la realidad que lo golpea? Esos vacíos son tomados por los gobiernos que requieren continuar con las mentiras y erradicar la verdad.

Por mucho que la realidad se empeñe en mostrar lo que es, la sociedad prefiere someter su libre arbitrio a la voluntad de un líder, a sus deseos, como si fuese el dueño o poseedor de la verdad absoluta. Eso sólo llevará a dicha sociedad a un estadio de sumisión y oscurantismo, digno de hace siglos.

El Washington Post dice que “la democracia muere en la oscuridad”; también la verdad muere cada vez que dejamos pasar la mentira de un líder, cuando no se le reclama de usar cifras falsas o de proponer personal sin experiencia.

La verdad languidece y, desafortunadamente, Trump no es el único líder que hace todo por desaparecerla. Lejos queda cuando decir la verdad era elemento consubstancial a la honestidad.

¿Les suena conocido?

@maloguzmanvero

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