Por Eloy Garza González.

El truco es relativamente sencillo. Un joven simpático, lenguaraz, crea un perfil en YouTube o Instagram, y comienza a subir videos sobre temas políticos; aunque más que temas, son alusiones personales a AMLO o a alguna figura pública, de esas que están en el candelero. El joven compra una buena dotación de seguidores, likes, vistas de video, RT y FAVS y emprende un posicionamiento (así se dice ahora) en redes. Al menos la mitad de sus seguidores son evidentemente falsos: son cuentas en árabe, ruso, y hasta arameo. El punto es venderse como influencer.

Hasta hace pocos años, el éxito personal venía de un largo proceso de estudio, capacitación, o simplemente de repetición de un mismo acto. Esa era la única forma de volverse experto. Malcolm Gladwell, gurú de los hipsters, recomienda 10 mil horas de práctica para volverte un maestro en tu campo, o cuando menos, alcanzar un nivel óptimo de artesano, músico, artista, arquitecto o doctor. Se trata de invertir 8 horas diarias, por 5 días a la semana, en alrededor de 5 años.

Pero los influencer políticos suelen saltarse a la torera ese proceso y se van por la libre, por la ruta del facilismo: hablan sin documentarse, difamar en vez de criticar, y son la versión humana de un meme. Varios no dejan de ser chistosos, en honor a la verdad. Con todo, ciertos empresarios que no están a favor del gobernante en turno, los meten a su nómina secreta, los patrocinan, y acaban por volverse voceros disfrazados de sus patrones, o replicadores de las obsesiones de sus jefes.

Otra variante del influencer, es la creación en el departamento de calumnias de estos empresarios, de cuentas falsas a diestra y siniestra, para luego arrojarlas en contra de sus adversarios de la política y de la sociedad civil. Manchan el debate público con bots y hackers, que ya son sinónimo de haters. El empresario supone con esto que está defendiendo sus intereses, cuando en el fondo sólo se exhibe ante los demás, con sus obsesiones y temores personales.

Una variante más, son los intelectuales de relativa fama pública. Estos rentan su cuenta personal en Twitter o Facebook, a algún corporativo determinado, y aceptan atacar constantemente, 24/7 al enemigo de sus patrones. Toda esta jugarreta se acompaña con bots tan agresivos como banales y un titipuchal de corazoncitos. Los intelectuales vendidos no erosionan su reputación académica, porque en realidad nunca la han tenido, y sí generan gastos personales en ropa de marca, maquillaje, amantes de la farándula y viajes al extranjero (de placer, no de trabajo) que de alguna forma tienen que cubrir.

De esta nueva profesión derivada de Internet, no se libran algunos políticos en activo, morenos, azules, verdes o tricolores (lo mismo da) que también compran bots, seguidores y likes, con dinero del gobierno, para entrar artificialmente en la polémica pública, creando incluso sus propias páginas de parodia, para hacerse notar. Tanta frivolidad, egolatría y necesidad de hacer fortuna rápida, es una especie de burbuja digital que está a punto de reventar. Entonces sí, muchos influencers tendrán que meterse de meseros o lavaplatos en algún restaurante, muchos intelectuales tránsfugas del gis volverán a las aulas y Facebook, Twitter e Instagram seguirán siendo las “benditas redes sociales” como las bautizó hace poco López Obrador.

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